jueves, 7 de enero de 2010

Las Manzanas de las Hespérides

Las Manzanas de las Hespérides es el onceavo trabajo de Heracles, Hércules para los romanos.
Heracles había realizado los diez trabajos anteriores en un periodo de ocho años y un mes, pero Euristeo, descontando el segundo (La Hidra de Lerna) y el quinto (Los establos de Augías), le impuso dos más. El onceavo trabajo consistía en ir a recoger los frutos del manzano de oro, el regalo de bodas que la Madre Tierra le hiciera a Hera, con el cual había estado tan encantada que lo había plantado en su propio jardín divino. Este jardín se encontraba en las laderas del monte Atlas, donde las jadeantes caballerías del Sol completan su viaje y donde los rebaños de ovejas y vacas de Atlante, mil de cada especie, vagan por los pastos de su innegable propiedad. Cuando Hera descubrió un día que las hijas de Atlante, las Hespérides, a quienes había confiado el árbol, estaban hurtando las manzanas, mandó al dragón Ladón, el eterno vigilante, que se enroscara al árbol para guardarlo.
Heracles que desconocía la ubicación del jardín donde estaba plantado el árbol consultó al dios oracular Nereo, que habitaba en el río Po, hogar del dios marino. Otros afirman que consultó a Prometeo. Nereo aconsejó a Heracles que no arrancase las manzanas personalmente, sino que emplease a Atlas, aliviándolo entretanto de su trabajo de cargar el mundo sobre sus hombros. Cuándo llegó al jardín de las Hespérides le pidió a Atlante (Atlas) que le hiciera un favor, Atlante hubiera emprendido cualquier cosa con tal de obtener un respiro de una hora, pero temía a Ladón, por lo que Heracles lo mató con una flecha que disparó por encima de los muros del jardín. Entonces Heracles inclinó la espalda para recibir el peso del globo celestial, y Atlante se alejó, regresando al poco con tres manzanas que sus hijas habían cogido. Este sentimiento de libertad le pareció delicioso. "Yo mismo llevaré estas manzanas a Euristeo, sin falta -dijo-, si tú sostienes los cielos unos meses más". Heracles fingió estar de acuerdo, pero como Nereo le había advertido que no aceptara tal oferta, le rogó a Atlante que sostuviera el globo un momento más, mientras se ponía una almohadilla en la cabeza. Atlante fácilmente engañado, dejó las manzanas en el suelo y volvió a soportar su carga; después de lo cuál, Heracles las recogió y se marchó de allí con un irónico adiós.
Para Robert Graves las manzanas doradas de las que habla este mito no eran otras que naranjas, frutas desconocidas en Grecia, y el jardín de las Hespérides estaba situado en Mallorca.
[Robert Graves, Los Mitos Griegos, Barcelona, Ariel, 1991, 5ª ed., págs. 197-201].

lunes, 28 de diciembre de 2009

EL SABER HISTÓRICO

Para Julián Marías el hombre se encuentra adscrito a una circunstancia determinada, a un aquí y un ahora en el que le ha tocado vivir. Su historicidad es un modo de cautividad o servidumbre; ser es ser esto y no lo otro, vivir es encontrarse en una circunstancia y hacer en ella determinadas cosas, con exclusión de todas las demás. Pero como en el hombre actúan las demás circunstancias en que ha estado y todo lo que alguna vez le ha pasado y ha hecho, solo cuando esto se conoce se toma plena posesión de sí mismo, se es dueño de sí, y, por consiguiente, libre. El hombre se evade de su historicidad mediante la historia como saber, es decir, afirmándose radicalmente en ella. La historia permite al hombre transmigrar hermenéuticamente de su circunstancia a las demás, y así hacerlas suyas; solo con ella toma íntegra posesión de sí mismo, y sale de la angostura de su circunstancialidad y de las interpretaciones tradicionales recibidas a la realidad misma, allende todas las interpretaciones. Solo con la razón histórica -con razón que es la historia misma- puede el hombre dar razón de sí mismo y proyectar libremente su vida personal, desde su realidad originaria e irreductible. La historia es el órganon de la autenticidad.
[Julián Marías, Introducción a la Filosofía, Madrid, Revista de Occidente, 11ª ed., 1971, pág. 437. Cursivas del autor].

miércoles, 23 de diciembre de 2009

JANO Y HERMES


Jano, creador de Roma, durante su reinado se le atribuyeron caracteres de la edad de oro: honestidad perfecta en los seres humanos, abundancia, paz completa. Un hijo suyo fue Tiber, epónimo del río. Fue el dios romano de los accesos y las puertas públicas por las que confluían los caminos. Dios de la partida y el regreso. Eduardo Cirlot lo define: "Jano: contradicciones, paradojas. Mirada del pasado y del presente. Las dos caras, insinceridad e hipocresía. Ilustración, lucha contra todos los maniqueísmos. Don de conocer tanto el pasado como el presente". Personalmente creo que la última definición es la que más me atrae, un dios capaz de ver el pasado y el presente a un mismo tiempo, fuerte símbolo: "Las visiones del futuro expresan el ethos de una época". Los símbolos recojen emotividad, afecto, rasgos del inconsciente, de la líbido y hasta arquetipos humanos muy básicos, así como significados religiosos. Hay una carga afectiva muy fuerte en los símbolos, un significado emocional muy poderoso; por eso son tan importantes. Representan esos aspectos profundamente humanos, por lo cual se plantean como algo que hace vivir, que mueve en la vida a actuar. Es curioso que Cervantes nombrara a Don Quijote como Alonso Quijano. Jano es una figura análoga a Hermes, el dios alado del Olimpo e inventor del fuego, por su relación o nexo de significación entre las cosas, como él, el dios del paso y de la doble relación. De Hermes proviene la palabra hermenéutica para el arte de interpretación de significados ocultos. Zeus, su padre, al ver en él un "diocesito muy ingenioso y persuasivo", le encomendó entre sus obligaciones: "hacer tratados, la promoción del comercio, y el mantenimiento del libre derecho de paso para viajeros de todos los caminos del mundo". Hermes además ayudó a las Tres Parcas a componer el alfabeto, inventó la astronomía, la escala musical, las artes del boxeo y de la gimnasia, los pesos, las medidas y el cultivo del olivo.
[Véase Eduardo Cirlot, Diccionario de los símbolos, Barcelona, Siruela, 10ª ed., 2006, pág. 265; Andrés Ortiz-Osés, Patxi Lanceros, Diccionario de la existencia de asuntos relevantes de la vida humana, Barcelona, Anthropos, 2006, pág. 553; Robert Graves, Los mitos griegos, Barcelona, Ariel, 5ª ed., 1991, pág. 27].

viernes, 11 de diciembre de 2009

LA ODISEA DE LA VIDA

Así imagina Gustave Doré el Edén, en donde Adán y Eva viven en armoniosa y amorosa condescendencia, y así lo explica Milton en El Paraíso Perdido:
"Dos se destacan por su noble forma,
Altas y erguidas cual si fueran dioses,
Vestidas con el natural honor
De su desnuda majestad, parecen
Los señores de todo, y dignos de ello
Se mostraban, pues en su faz divina
Resplandecía la gloriosa imagen
De su creador, verdad, sabiduría,
Santidad severa y pura, severa
Pero asentada en la verdadera
Libertad filial, de donde nace
La libertad auténtica del hombre..."
Al final de El Paraíso Perdido, Adán y Eva se han arrepentido de sus pecados y les han sido concebidos "muchos días" de vida mortal; pero no en el Paraíso. Entonces es cuando el arcángel San Miguel conduce a Adán a la cima de un monte y le muestra el futuro, incluida la venida de Cristo y su redención del pecado de Adán. Éste siente a un tiempo "gozo y asombro" ante un cambio que no comprende:
"¡Oh infinita bondad, bondad inmensa!
Que hará todo este bien surgir del mal,
Y el mal volverse bien; más asombroso
Que aquél que al principio de la creación
Trajo la luz de las demás tinieblas..."
Para Roger Shattuck el universo de Adán ha quedado totalmente transformado, sus versos representan la expresión literaria más conocida de la Caída Venturosa, una contradicción o inversión de la interpretación que había sido gradualmente adoptada como doctrina cristiana en la Edad Media. Para nosotros representa ese conocimiento ambiguo que simboliza todo lo humano, lo paradójico que asimilamos con dificultad, una contradicción afirmada.
[John Milton, El Paraíso Perdido, Madrid, Cátedra, 1986, págs. 191 y 501; Roger Shattuck, Conocimiento Prohibido, Madrid, Taurus, 1998, págs. 399-400].

miércoles, 9 de diciembre de 2009

ULISES Y CIRCE

La diosa y hechicera Circe, hija de Helios y Perseis, la que transformaba a sus enemigos en animales, como así hizo convirtiendo en puercos a la mitad de la tripulación de Ulises, y que dedicaba el tiempo en trabajar en un gran telar, se enamora del héroe homérico y dicen que tuvieron tres hijos, como así nos cuenta Hesíodo al final de su Teogonía: Agrio, Latino y Telégono; mientras Dionisio de Halicarnaso cita a Xenágoras el historiador que afirmaba que los tres hijos de Odiseo y Circe se llamaban Romo, Antias y Árdeas, epónimos de Roma, Anzio y Ardea respectivamente.
Cuando Odiseo, es decir Ulises, despierta de su dulce amancebamiento con la diosa y piensa en seguir el viaje hacia casa, ésta le dice:
"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no permanezcáis más tiempo en mi palacio contra vuestra voluntad. Pero antes tienes que llevar a cabo otro viaje; tienes que llegarte a la mansión de Hades y la terrible Perséfone para pedir oráculo al alma del tebano Tiresias, el adivino ciego, cuya mente todavía está inalterada. Pues sólo a éste, incluso muerto, ha concedido Perséfone tener conciencia; que los demás revolotean como sombras.
Así dijo, y a mí se me quebró el corazón. Rompí a llorar sobre el lecho, y mi corazón ya no quería vivir ni volver a contemplar la luz del sol".
[Homero, Odisea, Madrid, Cátedra, 11ª ed., 2000, pág. 198].

lunes, 7 de diciembre de 2009

Hombres-dioses

Para Patrick Harpur ha habido tiranos monstruosos en sociedades no-cristianas, y propone que todos ellos son producto de ese monoteísmo cuya inversión conduce a la monomanía. Incluso en culturas politeístas, como la antigua Roma, los Hombres-dioses (Calígula, Nerón) seleccionaron a un solo dios del panteón (Zeus, Apolo) con el que identificarse.
Recuerdo la visión de Calígula de Albert Camus, y sobre todo, la sensación de vacío, de pura nada, de soledad en la que lo describe, en un rapto de locura frente a su imagen reflejada en un espejo:
"¡Calígula! Tú también, también tú eres culpable. ¡Entonces, ¿no es verdad?, un poco más, un poco menos! ¿Pero quién se atrevería a condenarme en este mundo sin juez, donde nadie es inocente? (Con acento de angustia, apretándose contra el espejo). Ya lo ves, Helicón no ha venido. No tendré la luna. Pero qué amargo es tener razón y deber llevarla a su consumación. Porque me da miedo la consumación. ¡Ruido de armas! Es la inocencia, que prepara su triunfo. ¿Por qué no estaré en su lugar! Tengo miedo. Qué asco, después de haber despreciado a los demás, sentir la misma cobardía en el alma. Pero no importa. Tampoco el miedo dura. Voy al encuentro de ese gran vacío dónde el corazón se sosiega. (Retrocede un poco, vuelve hacia el espejo. Parece más tranquilo. Reanuda el discurso, pero en voz más baja y concentrada). ¡Todo parece tan complicado! Sin embargo, ¡todo es tan sencillo! Si yo hubiera conseguido la luna, si bastara el amor, todo habría cambiado. ¿Pero dónde saciar esta sed? ¿Qué corazón, qué dios tendrían para mí la profundidad de un lago? (De rodillas y llorando). Nada hay, en este mundo ni en el otro, hecho a mi medida. Sin embargo sé, y tú también lo sabes (tiende las manos hacia el espejo llorando), que bastaría que lo imposible exista. ¡Lo imposible! Lo he buscado en los límites del mundo, en los confines de mí mismo, he tendido mis manos (gritando), tiendo mis manos y eres tú lo que encuentro, siempre tú frente a mí, y estoy lleno de odio hacia ti. No he tomado el camino verdadero, no llego a nada. Mi libertad no es la buena. ¡Helicón! ¡Helicón! ¡Nada! Nada todavía. ¡Ah, cómo pesa esta noche! Helicón no vendrá; ¡seremos culpables para siempre! Esta noche pesa tanto como el dolor humano".
[Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos, Girona, Atalanta, 2006, págs. 405-406; Albert Camus, Calígula, Madrid, Alianza Editorial, 1994, pág. 111].

domingo, 22 de noviembre de 2009

ESENCIA DE LO GRIEGO PARA EL HOMBRE

Para conocer la esencia de algo es necesario reconocer que la realidad ha sido históricamente entendida de muy diversas maneras. En primer lugar como poder, ejemplos encontramos en el saber y en las religiones de las mentalidades ya desarrolladas. Otro modo de entender la realidad es como fuerza, una fuerza sui generis, la fuerza de la realidad, entendiendo que la realidad de lo real consiste en que cada cosa real es algo de suyo, y podría denominarse "nuda realidad". Con ello nació lentamente en Grecia nuestro saber. Estos tres caracteres, poder, fuerza y nuda realidad, competen a toda concepción de lo real en cualquier momento histórico, con lo que podemos afirmar que en toda aprehensión de lo real están estos tres caracteres.
Existe una antropología científica, otra filosófica y otra teológica que se ignoran entre sí y cuyo resultado es que jamás el hombre se ha convertido en algo tan problemático para sí mismo como en la actualidad. Parece ser que ahora, como en ningún otro tiempo, no tenemos una idea clara del hombre. Vemos que lo griego se interesa, concienzudamente, por lo mejor. Lo mejor del hombre, ya una vida mejor, el Estado mejor o un mundo mejor, y que según sus convicciones lo mejor se desarrolla siempre en lo divino. De donde se puede deducir que la perfección del hombre pariente de los dioses habría de consistir en sacar provecho de dicho parentesco, mediante un esfuerzo positivo de elevación y asimilación.
[Véase, José S. Lasso de la Vega, "El concepto del hombre en Grecia", en Estudios Clásicos, Tomo 22, Nº 81-82, 1978, págs. 111-134; Xavier Zubiri, Sobre la esencia, Madrid, Alianza Editorial, 1985, págs. 510-511].