viernes, 30 de octubre de 2015

MITO: Las verdades del comunismo por Ayn Rand


Ayn Rand explica en una de sus primeras novelas, Los que vivimos (1936), su visión de lo que era la Rusia Soviética, un país donde la gente tenía miedo de pensar y hablar libremente por si sus vecinos les denunciaban y acababan en el Gulag. En esta vida de infierno, la protagonista Kira prefiere morir a vivir en la tiranía, y así lo explica:

"Habéis venido como un solemne ejército a traer a los hombres una vida nueva. Les habéis arrancado de las entrañas aquella otra vida de la que no sabías nada, aquella vida palpitante que no os interesaba, y les habéis dicho qué debían pensar y qué sentir. Les habéis arrebatado todas las horas, todos los minutos, todos los nervios, todos los pensamientos, todos los sentimientos hasta lo más profundo de su alma, y luego les habéis dictado lo que debían pensar y sentir. Habéis venido a negar la vida a los vivientes. Nos habéis encerrado a todos en una jaula de hierro y luego habéis sellado las puertas; nos habéis dejado sin aire, hasta que las arterias de nuestro espíritu han estallado".

Rand critica la moral colectivista que proclama que el individuo no es nada sin la sociedad, siendo los fines de la misma los que deben imponerse a los del individuo. Años más tarde lo pensó: "La Rusia Soviética es la plasmación absoluta y consistente de la ética altruísta, y Stalin no corrompió un ideal noble. Si el servicio y el auto-sacrificio son ideales morales y si el egoísmo de la naturaleza humana previene al hombre de saltar a los hornos del sacrificio, no hay razón por la que un dictador no pueda imponerlos con la bayoneta por su propio bien o por el bien de la humanidad, de la posteridad o por el bien del último plan quinquenal de un burócrata. No hay razón para que se pueda oponer a cualquier atrocidad. ¿El valor de la vida humana? ¿Su derecho a existir? ¿Su derecho a buscar la propia felicidad? Estos son conceptos que pertenecen al individualismo y al capitalismo, a la antítesis de la moralidad altruísta".

Rand defiende la moral capitalista ya que es el sistema que defiende los derechos individuales, incluso el derecho a la propiedad que es poseída individualmente, y lo mejor para ella es que el capitalismo permite a los hombres convertirse en comerciantes que se relacionan voluntariamente. La propiedad permite al hombre sobrevivir como ser racional, permite al ser humano trabajar para sostenerse, ofreciendo talento a cambio de talento, sin utilizar la violencia, sino cambiando valor por valor. Al mismo tiempo permite que cada logro individual lo sea también de toda la sociedad, desde la invención de la rueda hasta la del ordenador, y puedan ser disfrutados incluso por los que no han hecho nada para crear progreso. Rand lo denominó "la pirámide de la habilidad" y dijo: "(...) el hombre colocado en el punto ínfimo de la escala, que abandonado a sí mismo perecería en su ineptitud sin esperanza, no contribuye en nada para los que están arriba de él y recibe, sin embargo, el beneficio de los cerebros de todos". Es, como se ha señalado, permitir que cada hombre utilice su cerebro para aplicarse y seguir su propia acción, el hecho metafísico básico de la naturaleza humana, lo que el capitalismo protege y reconoce.

[Véase, Ayn Rand, Los que vivimos, Barcelona, Plaza & Janés, 1962, pág. 458].








lunes, 12 de octubre de 2015

Karoo y Ulises



"Por fin, una noche, mientras estaba dándome una ducha larga, se me ocurrió una idea. La única idea supuestamente original que he tenido para una película.
Ulises. La Odisea de Homero pero en el futuro.
También habría una batalla de Troya, pero estaría ambientada en el espacio, y después de la batalla, Ulises y su tripulación volverían a casa a bordo de aquella goleta solar, volverían a Ítaca.
Los vientos solares los alejaban de su rumbo. Se encontraban con unas terribles corrientes cósmicas llamadas los Ríos del Tiempo, que los barrerían hasta regiones del espacio y del tiempo que nadie había explorado y de las que nadie más había oído hablar. A continuación venían desventuras y tribulaciones, Doncellas cósmicas y guerreros cósmicos. Y, sin embargo, durante todo aquello, Ulises seguía siendo en su interior un padre de familia, que solamente deseaba volver a casa, con su fiel esposa Penélope y su amado hijo Telémaco.
Mi idea se quedó en nada. La llevé a varios estudios, pero ninguno se interesó por ella.
Aunque se quedaron en nada, sin embargo, me hacía feliz pensar en ella de vez en cuando, y también de vez en cuando le añadía más nudos a la trama y más incidentes a la linea argumental. Hasta había veces en que estaba convencido de que un día me sentaría a escribirla".
El último capítulo del libro de Tesich, con un Karoo agonizando y muriéndose, encima de la taza del water del servicio de señoras de la oficina de su odiado Cromwell en Miami, imagina la goleta solar de Ulises y describe las aventuras del galáctico guerrero en su búsqueda de la verdad, ¿Por qué nació?, y reflexiona... "(...) Y en cada era, igual que en todas las precedentes y que en todas las que vendrán después, es el derramamiento de sangre el que derriba una era y entrona la siguiente. Mueren millones de individuos en nombre de alguien y luego ese alguien se ahoga en un mar de sangre, pero la carnicería continúa en nombre de algún otro"..., siendo su conclusión que "Todo ha sido por nada"; y dice: "Cuando reza. Ulises ya no reza a Dios, sino que reza porque Dios siga vivo, para que la nada no se imponga al final", y termina: "Y de vez en cuando reza:
-Bendito sea todo lo que vive. Padre, madre, hermanos, hermanas, hijos de la tierra, benditas sean vuestras vidas, porque son la alegría del mundo.
Y sigue navegando".
[Véase, Steve Tesich, Karoo, Barcelona, Seix Barral, 2013, págs. 81-82 y 539-556].






viernes, 18 de septiembre de 2015

MITO: Los demonios del hombre para Aldous Huxley




"En cuanto al hecho de escapar al espanto de sentirse persona aislada y sola, la mayoría de las personas eligen casi siempre un camino que no es el que va hacia arriba ni el que va hacia abajo, sino un camino llano.

Todos se identifican con alguna causa que supera en amplitud el ámbito de sus intereses inmediatos, pero que no es degradantemente inferior y, si resulta que es más elevada, sólo lo es en el rango de los valores sociales corrientes. En ese camino horizontal —o casi horizontal— la trascendencia puede darse en virtud de algo tan trivial como una manía o tan estimable como el amor matrimonial. Puede darse también por la identificación que uno hace de sí mismo con cualquier actividad humana, desde la dirección de un negocio hasta la investigación nuclear, desde la composición de una sinfonía hasta la busca y colección de sellos, desde las campañas de tipo político hasta la educación de los niños o el estudio de las costumbres matutinas de los pájaros. La autotrascendencia horizontal es de la mayor importancia. Sin ella no habría ni arte, ni ciencia, ni ley, ni filosofía y ni siquiera civilización. Y, ciertamente, tampoco habría guerra ni odium theologicum o ideologicum, ni intolerancia sistemática, ni persecución. Esos grandes bienes y esos enormes males son los frutos de la capacidad del hombre para la total y continua autoidentificación con una idea, un sentimiento, una causa. ¿Cómo podemos tener el bien sin el mal, cómo gozar de una elevada civilización, sin saturación de bombardeos y exterminación de herejes religiosos o políticos? La respuesta es que no podemos mantener el bien tan largo tiempo como nuestra autotrascendencia permanece en actitud horizontal. Cuando nos identificamos con una idea o con una causa es que nos hallamos de hecho en trance de adoración de algo de tipo doméstico, algo parcial y parroquial, algo que, no obstante su nobleza, tiene características excesivamente humanas. «El patriotismo», según la conclusión a que llega un gran patriota la víspera de su ejecución, decretada por los enemigos de su patria, «no es suficiente». Ni es socialismo, ni comunismo, ni capitalismo; ni tampoco es arte, ni ciencia, ni orden público, ni religión positiva, ni Iglesia. Todo esto es indispensable, pero ninguna de esas cosas es suficiente. La civilización exige del individuo una decidida autoidentificación con la más eminente de las causas de la naturaleza humana. Pero si esta autoidentificación con lo que es humano no va acompañada de un consciente y consistente esfuerzo para llevar a su culminación la autotrascendencia hacia lo alto en la vida universal del Espíritu, los bienes conseguidos aparecerán siempre mezclados con males que los contrapesen. «De la verdad misma hacen un ídolo escribió Pascal—, puesto que verdad sin caridad no es Dios, sino su imagen e ídolo, que nunca debemos amar ni adorar.» Y no deja de tener su razón el adorar a un ídolo; cosa en verdad inconveniente. La adoración de la verdad al margen de la caridad —autoidentificación con la ciencia que no va acompañada de una autoidentificación con el Fundamento de todo ser— se resuelve en esa particular situación en que ahora nos encontramos. Todo ídolo, exaltado como sea, deriva, a lo largo de su curso, haciéndose un Moloch hambriento de sacrificios humanos".


[Aldous Huxley, Los demonios de Loudun, Barcelona, Circulo de Lectores, 1973, págs. 167-168].





Hay que subir la colina de la esperanza, los seguidores de la escuela crítica de Frankfurt lo llamaron "la promesa de bondad".

jueves, 3 de septiembre de 2015

MITO: ¿arquetipos del incosciente colectivo?



El historiador y estudioso de mitología, Joseph Campbell dice que el ser humano contemporáneo es un ser siniestro, al haber renunciado el camino de la sabiduría y el sentido de la vida, [y como puerco se ponzoña en el lodo de las evasiones vacías de significado y pretendidamente llenas de sensaciones, cómo si necesitase sentir para parecer vivo]. Se ha roto el cordón umbilical de la ancestral sabiduría, y ya no se educa en lo que las civilizaciones anteriores siempre bebieron, sino en simple información desestucturada, sin génesis ni función; por lo que el conocimiento sufre las horas más bajas de la humanidad al encontrar en la cuantificación y no en la comprensión, su fin último. 
Campbell sostiene acertadamente que los mitos provienen de la región mística de la experiencia esencial, y múltiples han sido los antropólogos que así lo han apuntado. Y si no, ¿cómo es posible que civilizaciones sin conexión tuvieran las mismas experiencias de las mismas esencias comunes?  Los mitos no se inventan se experimentan.
El mito, como compendio de experiencias directas, necesita de la metáfora y del símbolo para transmitirse, y lo que enseña permite vivir plenamente a aquel que lo hace suyo, ya que explican el comportamiento de estructuras psíquicas compartidas por toda la humanidad. Los arquetipos convergen, e igualmente se dan en una catedral medieval, en un templo budista en una pirámide maya o en un zigurat sumerio, pero las ideas arquetípicas esenciales serán las mismas, aunque tengan diferentes significaciones, interpretaciones, racionalizaciones,costumbres, etc.
Para Jung, estas estructuras son los arquetipos del inconsciente colectivo, de lo que sobrepasa lo individual y nos comunica humanidad; y al mismo tiempo es la manifestación del instinto humano en sí mismo como especie, que como defiende Campbell, reside en nuestro cuerpo, en nuestro sistema nervioso, en nuestro cerebro.

[Véase, Joseph Campbell, Los mitos. Su impacto en el mundo actual, Barcelona, Kairós, 1994, pág. 243].




viernes, 28 de agosto de 2015

MITO: La alegoría de la caverna de Platón y la cultura política que nos subyuga.



-Ya lo veo -dijo Glaucon.
-Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales, hechas de piedra, de madera y de toda clase de materiales. Entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
-¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!
-Iguales que nosotros -dije-, porque, en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros, sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
-¿Cómo iba a ser de otra manera -dijo-, si toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
-Y de los objetos transportados, ¿no habrán visto lo mismo?
-¿Qué otra cosa van a ver?
-Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
-Forzosamente.
-¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo 
que hablaban era otra cosa sino la sombra que veían pasar ante ellos?
-No por Zeus -dijo.
-Entonces no hay duda -dije yo-, de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados. 

(Platón, Rep., VII, 514a 515c. Trad. J. M. Pabón y M. F. Galiano).

Platón escribió esta alegoría para enseñar a sus alumnos que la base de la educación está en el alma. La educación no sería otra cosa que el arte de volver este órgano del alma a ver la realidad y no sus sombras, posibilitando la corrección. La realidad es saber contemplar la Idea del Bien, entre otras, también del Estado, "(...) armonizándose los ciudadanos por la persuasión o por la fuerza, haciendo que unos a otros se presten los beneficios de cada uno sea capaz de prestar a la comunidad. Porque si se forja a tales hombres en el Estado, no es para permitir que cada uno se vuelva hacia donde le de la gana, sino para utilizarlos para la consolidación del Estado". 
Al mismo tiempo, Platón tiene claro que hay que saber educar a los nuevos filósofos para ser "(...) conductores y reyes de los enjambres", capaces de participar tanto en la filosofía como en la política, y en consecuencia "(...) Cada uno a su turno, por consiguiente, debéis descender hacia la morada común de los demás y habituaros a contemplar las tinieblas; pues, una vez habituados, veréis mil veces mejor las cosas de allí y conoceréis cada una de las imágenes y de qué son imágenes, ya que vosotros habréis visto antes la verdad en lo que concierne a las cosas bellas, justas y buenas". Para el maestro, lo más lógico es ordenar a los justos cosas justas, y a continuación da una lección que bien podríamos situar en nuestros tiempos, si no fuera tan surrealista nuestra realidad política: 
"Así es, amigo mío: si has hallado para los que van a gobernar un modo de vida mejor que el gobernar, podrás contar con un Estado bien gobernado; pues solo en él gobiernan los que son realmente ricos, no en oro, sino en la riqueza que hace la felicidad: una vida virtuosa y sabia. No, en cambio, donde los pordioseros y necesitados de bienes privados marchan sobre los asuntos públicos, convencidos de que allí han de apoderarse del bien; pues cuando el gobierno se convierte en objeto de disputas, semejante guerra doméstica e intestina acaba con ellos y con el resto del Estado".
Sabias palabras para aquel que supo ver una realidad política que nos subyuga desde el origen de los tiempos, y más en las últimas fechas y no sólo en España, sino en todo el Mundo. 
[Véase, Platón, Diálogos. IV República, Madrid, Gredos, 1986, 2ª reimp., 1992, págs. 338-377].





martes, 25 de agosto de 2015

MITO: La divina forma humana. William Blake

W. Blake, El sol en el pórtico de Oriente, hacia 1815.


Agrippa de Nettesheim (1486-1535), tuvo una concepción mágica del mundo que influyó en Durero; y se basaba en las doctrinas gnósticas de Hermes Trimegistro, traducidas por Marsilo Ficino. Proclamó que el hombre no sólo había sido creado a la imagen de Dios, sino que además, estaba dotado de su omnipotencia. Colocó pues al hombre en el centro de la creación: "El hombre tiene el privilegio de formar parte de todo (...). Participa de la materia en su propio sujeto; de los elementos en su cuádruple cuerpo; de las plantas por su fuerza vegetativa; de los animales por la vida sensible; del cielo por el espíritu etéreo (...), de los ángeles por la sabiduría; de Dios por la síntesis de todo (...), y como Dios todo lo sabe, el hombre es capaz de conocer lo que es suceptible de conocimiento..."
William Blake en su himno Jerusalén (1804-1820), completa esta descripción y dice: "Todos son hombres en la eternidad, los ríos, las montañas, las ciudades y los pueblos, y si tú entras en su interior, te vuelve cielo y tierra, al igual que tú albergas en tu interior el cielo y la tierra y todo lo que percibes; y aunque parece que está en el exterior, está en realidad en el interior, en tu imaginación, de la que este mundo mortal no es más que una sombra".

[Véase, Alexander Roob, Alquimia & Mística, Köln, Taschen, 2011, págs. 430 y 443].


El himno Jerusalén de Blake ha sido propuesto como himno nacional de Inglaterra. 

domingo, 23 de agosto de 2015

MITO: El palacio de cristal de Dostoievski, la psicología del resentimiento o la enemistad hacia la Globalización.




"Ustedes creen en el palacio de cristal, indestructible, eterno, al que no se le podrá sacar la lengua ni mostrar el puño a escondidas. Pues bien, yo desconfío de ese palacio de cristal, tal vez justamente porque es de cristal e indestructible y porque no se le podrá sacar la lengua, ni siquiera a escondidas. 
Verán ustedes: si en vez de un palacio de cristal tengo un simple gallinero, cuando llueva podré cobijarme en él; pero, aunque le esté muy agradecido por haberme preservado de la lluvia, no lo tomaré por un palacio. Ustedes se ríen y me dicen que en este caso un palacio y un gallinero tienen el mismo valor. Y yo les responderé que así es, pero que no vivimos sólo para no mojarnos. 
¿Qué le vamos a hacer si se me ha metido en la cabeza que no se vive solamente para eso y que hay que vivir en un palacio? Ésta es mi voluntad porque éste es mi deseo. Y ustedes no conseguirán despojarme de mi voluntad si no modifican mis deseos. Pueden intentarlo, presentarme otro objetivo, ofrecerme otro ideal. Pero hasta que logren su propósito, me niego a tomar un gallinero por un palacio de cristal. Es posible que el palacio de cristal sea sólo un mito, que las leyes de la naturaleza no lo admitan y que lo haya inventado yo neciamente, impulsado por ciertas costumbres irracionales de nuestra generación. Pero ¿qué me importa que ese palacio sea inadmisible? ¿Qué me importa, si existe en mis deseos o, para decirlo con más exactitud, si existe mientras existan mis deseos? Se ríen ustedes de nuevo, ¿verdad? Bien, ríanse tanto como les plazca. Acepto todas las burlas pero me niego a decirme que estoy saciado cuando todavía tengo hambre. No me conformaré con un compromiso, con un cero que se renueva indefinidamente, por la única razón de que está de acuerdo con las leyes naturales y existe realmente. No admitiré que el coronamiento de mis deseos pueda ser una casa de ladrillo con alojamientos baratos cedidos en arrendamiento para mil años y que ostente el rótulo del dentista Wagenheim. Destruyan mis deseos, derriben mi ideal, preséntenme una meta mejor, y yo los seguiré. Me dirán ustedes, tal vez, que no vale la pena preocuparse por mí; pero piensen que yo puedo responderles lo mismo. Estamos discutiendo seriamente, pero les advierto que si ustedes no se dignan concederme su atención, no me echaré a llorar. Tengo mi subsuelo. 
¡Pero mientras yo exista, mientras yo desee, que mis manos se sequen si llevo un solo ladrillo a esa casa! No me digan que yo mismo he renunciado hace poco al palacio de cristal por el único motivo de que no podía sacarle la lengua. Si he hablado así no ha sido porque me guste sacar la lengua. Acaso lo que me irrita es precisamente que, entre todos los edificios que tienen ustedes, no haya uno solo al que no se le tenga que sacar la lengua. Es decir, me haría cortar la lengua, en un impulso de agradecimiento, si se arreglasen las cosas de modo que yo perdiese las ganas de sacar la lengua. Pero ¿qué me importa que las cosas no puedan arreglarse así y que haya que conformarse con tener un alojamiento económico? ¿Por qué tengo semejantes deseos? ¿Acaso no estoy constituido así para poder comprobar que esta constitución es sólo una broma de mal gusto? Pero ¿es éste verdaderamente el único objetivo? No lo admito. 
Por otra parte, ¿saben ustedes lo que les digo? Que estoy persuadido de que nosotros, los hombres del subsuelo, debemos estar atraillados. El hombre del subsuelo es capaz de permanecer silencioso en su cobijo durante cuarenta años; pero si sale del subsuelo, empieza a hablar, y ya no hay modo de detenerlo".

[Véase, Fiodor M. Dostoievski, Memorias del subsuelo, Barcelona, Barral editores, 1978, págs.- 65-66. Prólogo de Georges Steiner; Peter Sloterdijk, En el mundo interior del capital. Para una teoría filosófica de la globalización, Madrid, Siruela, 2007, 2ª ed., 2010, págs. 203-211].


Joseph Paxton creó el mítico palacio de hierro y cristal en 1851 para la Exposición Universal de Londres, destruido por un incendio en 1936. Dostoievski escribe Memorias del subsuelo en 1864. Pasaba por ser una de las maravillas tecnológicas del mundo, un triunfo del montaje en serie, de gran complejidad organizativa, el comienzo de la marcha triunfal de la Modernidad. Lo curioso es que el palacio carecía de nombre, fue Dostoievski quién así lo bautizó cuando visitó Londres en 1862.