lunes, 28 de septiembre de 2009

La Profecía de Tiresias en La Odisea.

La historia de Ulises tal como la cuenta Homero es la celebración de un gran sobreviviente. El nombre de Odiseo (latinizado como Ulises) habla o bien de un vengador que inflige su maldición sobre otros o bien de la victima de una maldición, en este caso la de Poseidón, el colérico dios de los mares. Obstáculo insalvable para Odiseo: ¿cómo puede un héroe, así sea el más recursivo y el más resistente, regresar a casa a su reino en la isla de Ítaca, cuando el mundo de las aguas es regido por un dios vengativo que se niega a ser apaciguado?
La hermosa profecía de Tiresias es un ejemplo de integridad del genio homérico, como sagazmente señaló James Joyce. Vemos al aventajado Ulises caminando tierra adentro con un remo al hombro, que los hombres que ignoran el mar confunden con un bieldo.
"Pero, con todo, vengarás al volver las violencias de aquéllos. Después de que hayas matado a los pretendientes en su palacio con engaño o bien abiertamente con agudo bronce, toma un bien fabricado remo y ponte en camino hasta que llegues a los hombres que no conocen el mar ni comen la comida sazonada con sal; tampoco conoce éstos naves de rojas proas ni remos fabricados a mano, que son alas para las naves. Con que te voy a dar una señal manifiesta y no te pasará desapercibida: cuando un caminante te salga al encuentro y te diga que llevas un bieldo sobre tu espléndido hombro, clava en tierra el remo fabricado a mano y, realizando hermosos sacrificios al soberano Poseidón -un carnero, un toro y un verraco semental de cerdas- vuelve a casa y realiza sagradas hecatombes a los dioses inmortales, los que ocupan el ancho cielo, a todos por orden. Y entonces te llegará la muerte fuera del mar, una muerte muy suave que te consuma agotado bajo la suave vejez. Y los ciudadanos serán felices a tu alrededor. Esto que te digo es verdad".
[Homero, La Odisea, José Luis Calvo (ed.), Madrid, Cátedra, 11ª ed., 2000, págs. 204-205; Madrid, Gredos, 1982, págs. 173-174; James Joyce, Ulises, Francisco García Tortosa (ed.), Madrid, Cátedra, 2ª ed., revisada, 2001, págs. 99-133].

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El naufragio perfecto de Grecia...

E. M. Cioran tiene duras palabras sobre la democracia y sus líderes en Historia y Utopía, y lo equipara al fracaso perfecto de Grecia, que para él parece que se esmeró en hacer de él un modelo para descorazonar a la posteridad. Libro duro, de una dureza que destila impotencia y desconfianza en el ser humano al mismo tiempo que comprensión a todo lo inhumano que hay en él, en un continuo juego de reflejos que nos mantienen de pie un día más, pero cuya catástrofe es su destino. Dice Cioran:
"A partir del siglo III antes de Cristo -dilapidada su sustancia, tambaleantes sus ídolos, dividida su vida política entre el partido macedonio y el partido romano-, para resolver sus crisis y poner remedio a la maldición de sus libertades, Grecia tuvo que recurrir a la dominación extranjera, aceptar durante más de quinientos años el yugo de Roma, viéndose empujada a ello por el mismo grado de refinamiento y de gangrena a que había llegado. Reducido el politeísmo a un montón de fábulas, había perdido su genio religioso y, con él, su genio político, dos realidades indisolublemente ligadas: poner en tela de juicio a los dioses es poner en tela de juicio a la ciudad que presiden. Grecia no pudo sobrevivir a sus dioses, como tampoco pudo roma sobrevivir a los suyos. Para comprobar que con su instinto religioso perdió su instinto político, bastará con mirar sus reacciones durante las guerras civiles: siempre del lado equivocado, (...) Las naciones cansadas de sus dioses, o de las que los dioses están hartos, mientras mejor legisladas estén, más riesgos corren de sucumbir. El ciudadano se pule a expensas de las instituciones; si deja de creer en ellas, no puede ya defenderlas".
[E. M. Cioran, Historia y Utopía, Barcelona, Tusquets Editores, 1988, págs. 81-82].

domingo, 20 de septiembre de 2009

Erotismo en Blasco Ibáñez.

Uno de los textos eróticos que más me gustan de Vicente Blasco Ibáñez (1869-1928), se encuentra en La Horda (1905), novela madrileña del estilo de la trilogía de Pio Baroja, La lucha por la vida (La Busca, La Mala Hierba y Aurora Roja), de la que hablaré en otro momento. Es una novela revolucionaria, en el sentido de otro modo de evolución, y aviso a las clases poderosas, cuya síntesis la encontramos al final de la misma, toma de atención a todos los que no veían al movimiento obrero como uno de los precursores del cambio social: "Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en Madrid al amanecer, se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los despojos; pedirían su parte: no tenderían la mano; exigirían con altivez"; pero vayamos al texto que nos gusta, descrito dentro de la capilla de un cementerio, pero nada anticlerical por la belleza del mismo:
“La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar todo su cuerpo, como si estuviese formado con las tintas del iris.

-¡Qué bonita!- exclamó Maltrana con arrobamiento. -¡Si pudieras verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color naranja; una mejilla es violeta, y la otra ámbar. Parece que tengas claveles en la frente.

Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de que su novio la viera tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico del sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en sus ropas y en su carne. El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio con esa facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten acariciadas en su vanidad.

Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella intentase resistir.

-Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las violetas de tus ojos.

Caía los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de pasión, que agrandaba el eco del cementerio.

Feli envolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos. Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.

Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos, vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos, sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas temblorosas no pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:

-Basta... déjame... Que me matas; que grito... Asesino.

Por fin, pudo desasirse, y arreglándose el mantón, atusándose el pelo alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una mirada, en la que había reproche y agradecimiento.”

[Vicente Blasco Ibáñez, La Horda, Valencia, F. Sempere y Compañía Editores, 1905, págs. 382 y 173-174].

jueves, 17 de septiembre de 2009

Cartas sobre la educación estética del hombre de Friedrich Schiller.

Friedrich Schiller (1759-1805) escribió "Kallias" y "Cartas sobre la educación estética del hombre" entre 1793-1795. Me gusta su visión de que el arte deviene en autónomo en cuanto crítica del proceso de enajenación del individuo con respecto a su carácter social, y, dentro de esa autonomía, será concebida su función de promocionar la idea de "humanidad". Lo recoge especialmente en su carta 19ª cuando afirma:
"Inevitables, infalsificables e inconcebibles, los conceptos de verdad y de derecho se presentan ya en la primera de la vida sensible, y sin que nadie pueda decir de dónde y cómo han surgido, los hombres se dan cuenta de la eternidad en el tiempo y de la necesidad de la sucesión del azar. Así surgen sensación y autoconciencia, sin la más mínima intervención del sujeto, y el origen de ambas se encuentran tan lejos de nuestra voluntad como del ámbito de nuestro conocimiento.
Pero si ambas son reales, si el hombre ha experimentado una existencia determinada por medio de la sensación, y si ha experimentado su existencia absoluta en virtud de su autoconciencia, despiertan entonces, junto con los dos impulsos fundamentales, también los objetos de esos impulsos. El impulso sensible despierta con la experiencia de la vida (con el nacimiento del individuo), el racional con la experiencia de la ley (con el nacimiento de la personalidad), y sólo entonces, una vez existen, se construye la humanidad del hombre. Hasta que esto no sucede, en el hombre sólo rige la ley de la necesidad; pero a partir de ese momento la naturaleza lo abandona, y dependerá de él afirmar aquella humanidad que la naturaleza puso e inauguró en él. Porque en cuanto dos impulsos fundamentales contrapuestos actúan en el hombre, pierden ambos su carácter coaccionante, y la contraposición de dos necesidades da origen a la libertad."
[Friedrich Schiller, Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre, Barcelona, Anthropos, 1999, págs. 278-279].

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Apología de Sócrates

Hay dos discípulos de Sócrates (470 a. C- 399 a.C) que comentan su Apología, uno es Platón (427 a.C-347 a.C) y el otro Jenofonte (431 a. C-354 a.C). Para Karl Popper la obra de Platón es la obra filosófica que más le gusta de todas las escritas. Y le gusta porque habla de un ser humano, modesto y valiente a la vez, que consciente de sus limitaciones, y no sabio, pero sí crítico con la jerga altisonante y amigo de sus congéneres además de buen ciudadano. Este diálogo es la defensa de Sócrates, acusado de menospreciar a los dioses de su patria y de corromper a la juventud. Fueron dos las causas de la acusación, la de considerar a Sócrates un sofista, y de ser partícipe de la educación de Alcibíades y Critias, personajes destacados en la derrota de Atenas y de la tiranía de los Treinta. Sócrates defiende su dignidad frenta a las acusaciones de Ánito, Meleto y Licón, sinceramente su disposición es mantenerse fiel a sus principios de siempre, a los que enseñó y a los que sus actos siguieron; y forzó al no querer que sus discípulos pagaran la multa ni el destierro, su muerte. Me gusta su explicación de su sabiduría:
"(...) pensaba para mis adentros que yo era más sabio que este hombre. Y es que, en realidad, corremos el riesgo de no saber nada bello y bueno ninguno de nosotros, pero ése, en verdad, cree saber algo sin saberlo, mientras que yo, como en efecto no lo sé, ni siquiera creo saberlo. (...) parece que yo, al menos, soy más sabio que ése, porque lo que no sé, ni siquiera creo saberlo".
En definitiva Sócrates piensa que el más sabio es el que se da cuenta de lo poco que sabe realmente, y no aquel, que sin humildad por saber algo, cree saberlo todo.
[Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, Barcelona, Edicomunicación, 1986, págs. 241-253; Platón, Apología de Sócrates. Critón. Fedón, María Luz Prieto (ed.), Madrid, Akal, 2005, págs. 33-78, (cit., pág. 43); Karl Popper, En busca de un mundo mejor, Barcelona, Paidós, 1994, pág. 225].

viernes, 4 de septiembre de 2009

Una fábula de Samaniego.



CONGRESO DE LOS RATONES

Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
Que después de las aguas del diluvio
Fue padre universal de todo gato,
Ha sido Miauragato
Quien más sangrientamente
Persiguió a la infeliz ratona gente.
Lo cierto es que, obligada
De su persecución la desdicha,
En Ratópolis tuvo su congreso.
Propuso el elocuente Roequeso
Echarle un cascavel, y de esa suerte
Al ruido escaparían de la muerte.
El proyecto aprobaron uno a uno,
¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno.
Yo soy corto de vista.- Yo muy viejo-
Yo gotoso, decían. El concejo
Se acabó como muchos en el mundo.
Proponen un proyecto sin segundo:
Lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento!
Pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento.

[Félix María de Samaniego, Fábulas, Ernesto Jareño (ed.),
Madrid, Castalia, 1969, págs. 104-105].

jueves, 3 de septiembre de 2009

Los clásicos y Tomás de Iriarte.

Fábula IV: Fácilmente se luce con citar y elogiar a los hombres grandes de la antiguedad; el mérito está en imitarlos.

La abeja y los zánganos.

A tratar un gravísimo negocio
Se juntaron los zánganos un día.
Cada cual varios medios discurría
Para disimular su inútil ocio;
Y por librarse de tan fea nota
A vista de los otros animales,
Aun el más perezoso y más idiota
Quería, bien o mal, hacer panales,
Más como el trabajar les era duro,
Y el enjambre inexperto
No estaba muy seguro
De rematar la empresa con acierto,
Intentaron salir de aquel apuro
Con acudir a una colmena vieja,
Y sacar el cadáver de una Abeja
Muy hábil en su tiempo y laboriosa;
Hacerla, con la pompa más honrosa,
Unas grandes exequias funerales,
Y susurrar elogios inmortales
De lo ingeniosa que era
En labrar dulce miel y blanca cera.
Con esto se alababan tan ufanos,
Que una Abeja les dijo por despique:
<<¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos,
Jamás equivaldría vuestro zumbido
A una gota de miel que yo fabrique>>.
¡Cuántos pasar por sabios han querido
Con citar a los muertos que lo han sido!
¡Y qué pomposamente que los citan!
Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?



[Fábulas Literarias de Tomás de Iriarte, Jaime Fitzmaurice-Kelly (ed.), Oxford, Universidad, 1917, pág. 4].