jueves, 11 de noviembre de 2010

Ixión


Ixión, hijo de Flejias, el rey lapita, acordó casarse con Día, hija de Deyoneo. Después de invitar a Deyoneo a un banquete, preparó una trampa delante del palacio, bajo el cuál ardía un gran fuego de carbón en el que el confiado Deyoneo cayó y se quemó. Zeús, que solía portarse tan mal como él cuando estaba enamorado, no sólo purificó a Ixión, sino que le invitó a comer a su mesa.
Ixión era un desagradecido, y planteó seducir a Hera; pero Zeus, adivinando sus intenciones, formó con una nube a una falsa Hera con la que Ixión, demasiado ebrio ya para darse cuenta del engaño, gozó debidamente. Fue sorprendido en fragante por Zeus, quien ordenó a Hermes que lo azotara despiadadamente y lo atara luego a una rueda de fuego que daba vueltas sin cesar por los cielos.
La falsa Hera le dio a Ixión un niño inútil llamado Centauro, de quien se dice que, cuando llegó a la edad viril, engendró centauros equinos en yeguas magnesias, de los cuales en más célebre fue el sabio Quirón.
[Robert Graves, Los mitos griegos, Barcelona, Ariel, 5ª ed., 1991, pág. 72].

domingo, 31 de octubre de 2010

Petrarca y Homero


Durante el Renacimiento los eruditos y artistas se preocuparon por el mantenimiento y la protección del ideario de la Antigüedad y de los mitos transmitidos. Petrarca ordenó la primera traducción de Homero al latín, que Leoncio Pilatos se encargó de realizar en 1396. Mientras que fue en Florencia en 1488 donde se realizó la primera impresión de los textos homéricos, que fueron publicados por Demetrios Chalkondyles. De este modo se conjuró para siempre el peligro de olvidar las raíces occidentales, la cultura propia. Antes, en 1470 se había traducido al latín el libro de Estrabón, Geografía, y provocó una confusión con respecto a Troya. El mundo erudito creía que la fortaleza de Príamo era una utopía, y en consecuencia era vana su búsqueda, y se discutió sin ningún resultado sobre la localización geográfico de la mítica fortaleza.
[Véase, Michael Siebler, La guerra de Troya. Mito y realidad, Barcelona, Ariel, 2005, págs. 50-51].

La Esfinge para Borges.

"La Esfinge de los monumentos egipcios (llamada "Andro-esfinge" por Herodoto, para distinguirla de la griega) es un león echado en la tierra y con cabeza de hombre; representaba, se conjetura, la autoridad del rey y custodiaba los sepulcros y los templos. Otras, en las avenidas de Karnak, tienen cabeza de carnero, el animal sagrado de Amón. Esfinges barbadas y coronadas hay en los monumentos de Asiria y la imagen es habitual en las gemas persas. Plinio, en su catálogo de animales etiópicos, incluye las Enfinges, de las que no precisa otro rasgo que "el pelaje pardo rojizo y los pechos iguales".
La Esfinge griega tiene cabeza y pechos de mujer, alas de pájaro, y cuerpo y pies de león. Otros atribuyen cuerpo de peroo y cola de serpiente. Se refiere que asolaba el país de Tebas, proponiendo enigmas a los hombres (pues tenía voz humana) y devorando a quienes no sabían resolverlos. A Edipo, hijo de Yocasta, le preguntó:
"¿Qué ser tiene cuatro pies, dos pies o tres pies, y cuántos más tiene es más débil?"
[Así es, parece, la versión más antigua. Los años te agregaron la metáfora que hace de la vida del hombre un solo día].
Edipo contestó que era el hombre, que de niño se arrastra a cuatro pies, cuando es mayor anda a dos y a la vejez se apoya en un báculo. La Esfinge, descifrando el enigma, se precipitó desde lo alto de su montaña.
De Quincey, hacia 1849, sugirió una segunda interpretación, que puede completar la tradicional. El sujeto del enigma, según De Quincey, es menos el hombre genérico que el individuo Edipo desvalido y huérfano en su mañana, solo en la edad viril y apoyado en Antígona en la desesperada y ciega vejez.
Ahora se formula de ésta manera: ¿Cuál es el animal que anda en cuatro pies a la mañana, en dos al mediodía y en tres a la tarde?
La misma fábula se encuentra en el Libro de Las Mil y Una Noches, en la leyenda de San Brandán y en el Paraíso perdido de Milton, que nos muestra a la ballena durmiendo "en la espuma noruega".
[Jorge Luis Borges, El libro de los seres imaginarios, Madrid, Alianza Editorial, 1998].

sábado, 30 de octubre de 2010

jueves, 28 de octubre de 2010

Himno de Borges


Himno

Esta mañana
Hay en le aire la increíble fragancia
de las rosas del Paraíso.
En la margen del Éufrates
Adán descubre la frescura del agua.
Una lluvia de oro cae del cielo;
es el amor de Zeus.
Salta del mar un pez
y un hombre de Agrigento recordará
haber sido ese pez.
En la caverna cuyo nombre será Altamira
una mano sin cara traza la curva
de un lomo de bisonte.
La lenta mano de Virgilio acaricia
la seda que trajeron
del reino del Emperador Amarillo
las caravanas y las naves.
El primer ruiseñor canta en Hungría.
Jesús ve en la moneda el perfil de César.
Pitágoras revela a sus griegos
que la forma del tiempo es la del círculo.
En una isla del Océano
los lebreles de plata persiguen a los ciervos de oro.
En un yunque forjan la espada
que será fiel a Sigurd.
Whitman canta en Manhattan.
Homero nace en siete ciudades.
Una doncella acaba de apresar
al unicornio blanco
Todo el pasado vuelve como una ola
y esas antiguas cosas recurren
porque una mujer te ha besado.


[Jorge Luis Borges, La cifra, Madrid, Alianza Editorial, 1981, pág. 88].

sábado, 23 de octubre de 2010

El Homero español

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) se le considera el Homero español, por el amplio uso de cultismos (neologismos de origen griego o latino), siendo su meta imitar a los escritores de la antigüedad greco-latina, es decir, imitación de los géneros literarios, de los temas, el léxico, la sintaxis y las referencias mitológicas.
Fue el recopilador López de Vicuña quién así lo denominó en 1627, en Obras en verso del Homero español que recogió Juan López de Vicuña. Admirado y nombrado por Cervantes, tanto en La Galatea: "En don Luis de Góngora os ofrezco / un vivo raro ingenio sin segundo; / con sus obras me alegro y enriquezco / no sólo yo, más todo el ancho mundo"; como en El viaje del Parnaso: "En don Luis de Góngora, a quien temo / agraviar en mis cortas alabanzas / aunque las suba al grado más supremo"; encontramos a un poeta complejo pero con una amplia visión de su realidad circundante, verídica, dura y realista; en Ande yo caliente y ríase la gente de 1581, da una visión del momento en el que vive que bien puede sus inscribirse a los tiempos presentes:

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.


Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados;
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.


Pase a media noche el mar,
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.

Pues amor es tan crüel,
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.

[Véase Agustín Durán, Cancionero y romancero de coplas y canciones de arte menor, letras, letrillas, romances cortos y glosas anteriores al siglo XVIII, pertenecientes a los géneros doctrinal, amatorio, jocoso, satírico, etc, Madrid, Imprenta de Eusebio Aguado, 1829, págs. 124-125].

domingo, 17 de octubre de 2010

La muerte de Virgilio


En el magnífico libro de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, escrito mientras Broch estuvo durante cinco semanas encarcelado en Alt-Ausse, tras ser detenido por la Gestapo, marca un paralelo entre la época de Augusto y la suya propia. El libro narra el sueño de Virgilio antes de morir, y se plantea en uno de los muchos diálogos entre el César Augusto y el que me llama la atención, y tiene que ver con la responsabilidad del hombre sobre el tiempo en el que vive y sobre el conocimiento; en dónde sueña Virgilio ésta conversación con el César Augusto:
"Atribuyes al tiempo la responsabilidad por las acciones humanas, hasta lo haces responsable de su pérdida de conocimiento..., Descargas así al hombre, y naturalmente también a ti mismo, de toda responsabilidad; esto es peligroso... Prefiero cargar sobre los hombres la responsabilidad del tiempo en el que viven.
¿Qué era el tiempo?, ¿era tan sólo una corriente en incesante flujo?, ¿no era más bien intermitente, a veces como las aguas de un lago casi cristalino, o incluso de una ciénaga, descansando sobre la nube bicolor del crepúsculo, y a veces de nuevo como una rugiente catarata, salpicando de espuma brillante de arco iris, oleada que todo lo inunda rugiente?
- César, aún sobra espacio suficiente para la responsabilidad del hombre; el hombre puede cumplir su deber bien o mal, y aunque sea el tiempo el que prescribe el círculo de sus tareas, aunque no pueda ejercer sobre éste ningún influjo, permanece inalterable la responsabilidad en lo que toca al deber; el deber del deber permanece inalterado e independiente de los cambios, de ese círculo de cometidos.
- Y ni siquiera puedo admitir que este círculo del deber sea cambiado por el tiempo... El hombre es responsable de los deberes y tareas que se pone como objetivo de sus actos; tiene que dirigirlos a través de todos los tiempos a la comunidad y el Estado, y si lo descuida, el tiempo se vuelve informe. Él, en cambio, tiene que configurar el tiempo y lo configura en el Estado, que es el deber supremo del hombre desde el comienzo.
¡Misterio del tiempo, misterio de su vacío! ¿Por qué se transforma en el tiempo el círculo de los deberes del hombre? Infinitos se extienden los campos saturnales a través del tiempo, inmutables a través de todos los tiempos, pero en el tiempo se halla encarcelada el alma; y más allá de la superficie del tiempo, en las profundidades del cielo y de la tierra, descansa el conocimiento, el objetivo del hombre.
- Siempre queda el conocimiento como deber, siempre queda el conocimiento como la divina misión del hombre".
[Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, Alianza Editorial, 2ª ed., 2007, págs. 405-406].