miércoles, 27 de enero de 2010

ALEJANDRO MAGNO

Cuenta Indro Montanelli que Filipo, padre de Alejandro, le había querido de pequeño con un amor en el que había también mucho de orgullo, le había dado los tres mejores maestros de la época: el príncipe moloso Leónidas para los músculos, Lisímaco para la literatura y Aristóteles para la filosofía. El alumno no les decepcionó. Era bellísimo, atlético, lleno de entusiasmo y de candor. Aprendió de memoria la Ilíada, de la cuál llevose desde entonces siempre consigo un ejemplar como libro de cabecera, y eligió como héroe preferido a Aquiles, de quién decíase que Olimpia descendía. A Aristóteles le escribía: "Mi sueño, más que acrecentar mi poderío, es de perfeccionar mi cultura". Pero también a Leónidas el estoico le daba muchas satisfacciones con su maestría de jinete, de esgrimista y de cazador. Le invitaron a correr en las Olimpiadas. Respodió orgullosamente: "Lo haría si los demás concursantes fuesen reyes". Más cuando supo que ninguno lograba domar el caballo Bucéfalo, acudió, montó en su grupa y no se dejó desarzonar. "¡Hijo mío -gritó Filipo, extasiado-, Macedoonia es demasiado pequeña para ti! Otra vez, habiendo encontrado un león, le afrontó armado de un solo puñal en un duelo "de cuyo éxito -refirió un testigo- parecía depender la decisión de quién entre los dos había de ser el rey". De dónde sacase aquella energía no se sabe, pues era sobrio y abstemio y solía decir que una buena caminata le daba buen apetito para el desayuno, y un desayuno ligero buen apetito para la comida. Por esto, dice Plutarco, tenía el aliento y la piel tan fragantes.
[Indro Montanelli, Historia de los Griegos, Barcelona, Plaza & Janés, 1963, págs. 310-311].

martes, 26 de enero de 2010

Traducciones de Homero.

Para George Steiner la cultura clásica se define por esa familiaridad con lo tradicional, lo popular y lo contemporáneo, y el discurso se elabora en el interior del conjunto trascendente que es la lengua común, es decir, familiaridad con el lenguaje, y por la convicción de que las palabras y la gramática disponibles harán el trabajo a condición de que se las use con suficiente flexibilidad y con la requerida delicadeza. No hay nada en el Edén o, aún en él mismo, que Adán no pueda nombrar. La armonía entre poesía y lengua común se remonta por lo menos a las fórmulas homéricas. Para Steiner la mala traducción es aquella que no hace justicia a su texto fuente, por muy diversos motivos. La ignorancia, la precipitación o las limitaciones personales hacen que el mal traductor interprete erróneamente el original. Carece de el dominio de su propia lengua, requisito indispensable para lograr una representación apropiada. Es decir, el traductor ha captado o asimilado menos de lo que el texto contenía. Traduce reduciéndolo, disminuyéndolo. O bien sólo ha sabido reflejar o expresar uno de los diversos aspectos del original, y así fragmenta y adultera la congruencia interna, según le dicta su propia miopía. En otras ocasiones traiciona el texto fuente en algo más grande de lo que en realidad es. Pero el desequilibrio más común es el de reducción, disminución. La versión de George Chapman (1611) de La Ilíada, tiene ciertos momentos de esplendor, es convincente en muchas de las escenas, pero su traducción al inglés es a todas luces, desigual y rebuscado. La de Thomas Hobbes (1676) es la disertación de un viejo amargado, lo que le fascina es la serenidad inalterable con la que el griego clásico encara el conflicto humano. Sólo Homero ha llegado a dar cuerpo al ideal de justicia e imparcialidad que debería regir a la poesía heroica. La que elaboró Alexander Pope (1720) no deja nada al azar, hace una mezcla de Virgilio y Milton, mientras su clasicismo orgánico da fuerza a su lectura, aunque también es el origen de su pomposidad ornamental. William Cowper consagra su genio a esta obra (1791), y le sale un Homero del todo miltoniano, y así lo reconoce en el prefacio a la obra. Richmond Lattimore (1951) da lugar a elogios y críticas, ejerciendo influencia tanto en escuelas como en el gran público. El proyecto de una lengua sin edad se ha convertido en el de una intemporalidad localista. Y eso es, precisamente, lo que Homero no es de ninguna manera. El año 1990 Christopher Logue, Robert Flagles, Allen Mandelbaum, Derk Walcott, pero para Steiner ninguna de las más de 200 traducciones hace honor al original, aunque la de Pope más se acerca al original, pero su visión deslumbra a través del tiempo, y vuelve visibles las cosas bañándolas de su propia luz, y no las avasalla proyectando la nuestra.
[George Steiner, Después de Babel, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, 2ª ed., págs. 188 y 403-408].

sábado, 23 de enero de 2010

Ítaca de Kavafis, o el poema que ayuda a comprender el viaje



ÍTACA
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de pericias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestriones ni a los cíclopes
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestriones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detener en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisa tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.

Konstantino Kavafis en este poema nos enseña que cuando el suelo de la Historia falta bajo los pies del héroe, sólo existe el acto de asumir el propio destino, un acto de valor puro, cuando el hombre adquiere la categoría absoluta de lo humano, haciéndose digno no ya de lo que gana; si no de lo que ha deseado ganar y pierde para siempre. Para Kavafis la única victoria es la capacidad de asumir, un acto de suprema libertad, el propio destino; y que lo importante es el camino y no la llegada, aún cuando comprobamos que el ideal perseguido no existe, o se aleja definitivamente de nosotros. [Véase, Konstantino Kavafis, Veinticinco poemas, Versión de Elena Vidal y José Ángel Valente, Málaga, Caffarena & León, 1964, págs. 26-27; Konstantino Kavafis, 65 poemas recuperados, Madrid, Hiperión, 1983, 4ª ed.,].

jueves, 21 de enero de 2010

martes, 19 de enero de 2010

BELEROFONTE

Belerofonte, hijo de Glauco y nieto de Sísifo, abandonó Corinto caído en desgracia por haber dado muerte a un tal Belero y luego a su propio hermano. Buscó refugio suplicando a Preto, rey de Tirinto, pero quiso la mala fortuna que Antea, la mujer de Preto, se enamorase perdidamente de él. Al ver que Belerofonte rechazaba sus requerimientos de amor, ella lo acusó de haber intentado seducirla, y Preto la creyó. Pero no se atrevía a arriesgarse a la venganza de las Furias asesinando a un suplicante, y por ese motivo le envió a casa de Yóbanes, el padre de Antea, rey de Licia, con una carta sellada que decía: "Te ruego hagas desaparecer de este mundo al portador de esta carta; ha intentado violar a mi esposa, tu hija". Yóbanes que era reacio a matar a un invitado real, le invitó a que destruyera a Quimera, un monstruo que echaba fuego por la boca, y que tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Antes de llevar a cabo el plan, Belerofonte consultó con el adivino Poliido, quien le aconsejó que primero atrapara y domara el caballo alado Pegaso. Belerofonte encontró bebiendo a Pegaso en Pirene, en la acrópolis de Corinto, y le echó a la cabeza una brida de oro que oportunamente le había regalado Atenea. Entonces Belerofonte venció a la Quimera; volando por encima del monstruo sobre Pegaso lo llenó de flechas y luego metió entre sus mandíbulas un pedazo de plomo colocado en la punta de su lanza. El aliento llameante de la Quimera derritió el plomo, provocando que bajara goteando por su garganta y le quemara sus órganos vitales.
Pero Yóbanes, lejos de premiar a Belerofonte, le envió a luchar contra los guerreros sólimos y sus aliados, las amazonas; los conquistó a ambos, dejando caer sobre sus cabezas grandes rocas. Pero viendo la ingratitud de Yóbanes, que envió a los guardas de palacio a tenderle una emboscada a su regreso. Belerofonte rezó para que mientras el fuera avanzando a pie, Poseidón inundara la llanura de Janto a sus espaldas. Poseidón oyó sus plegarias y envió unas grandes olas que poco a poco corrían hacia delante, y como ningún hombre lograba persuadirle de que se retirara, las mujeres jantias se levantaron las faldas hasta la cintura y corrieron hacia él. El recato de Belerofonte fue tal que se dio media vuelta y echó a correr; y las olas retocedieron con él.
Yóbanes sacó la carta de Preto y pidió informes sobre lo que había pasado, cuando supo la verdad, rogó a Belerofonte que le perdonara, le concedió la mano de su hija Filónoe, y le nombró heredero del trono de Licia.
Cuando estaba en la cumbre de la fortuna, Belerofonte tuvo la insolencia de subir volando al Olimpo, como si fuera un inmortal; pero Zeus envió un tábano a picar a Pegaso por debajo de la cola, haciéndole encabritarse y arrojar a su jinete deshonrosamente a tierra. Belerofonte, que había caído en un matorral de espinos, erró por la tierra, cojo, ciego, solitario y maldito, eludiendo siempre el camino de los hombres, hasta que la muerte se lo llevó.
[Robert Graves, Los mitos griegos, págs. 87-88].

lunes, 11 de enero de 2010

La captura de Cerbero

El último y más difícil trabajo de Heracles fue el de traer del Tártaro al can Cerbero. Fue guiado por Atenea y por Hermes, pues cada vez que se sentía agotado por sus trabajos y en su desesperación llamaba a Zeus y Atenea bajaba corriendo a consolarle. Aterrado por su aspecto ceñudo, Caronte lo transportó a la otra orilla del Éstige sin poner reparos. Tras una serie de vicisitudes, Heracles pidió el perro de Cerbero, Hades, le respondió que sería suyo si no utilizaba ni su maza ni sus flechas. Heracles lo halló encadenado a las puertas de Aqueronte; lo agarró firmemente por el cuello, del que salían tres cabezas, cada una de las cuales llevaba una melena de serpientes. La cola cubierta de púas se levantó de inmediato para herirle, pero Heracles, protegido por su piel de león, siguió apretándole el cuello hasta que Cerbero no pudo respirar y se rindió.
Con la ayuda de Atenea, Heracles volvió a cruzar el río Éstige sin peligro, y luego, arrastrando a ratos y otras veces cargando con él, lo subió por el desfiladero situado cerca de Trecén, por el que Dionisio había conducido a su madre Sémele. Cuando llegó con él a Micenas, Euristeo, que estaba ofreciendo un sacrificio, le entregó una porción de esclavo, reservando los mejores trozos para sus propios parientes; y Heracles demostró su lógico resentimiento dando muerte a los hijos de Euristeo: Perimedes, Euribio y Erípilo.
[Robert Graves, Los mitos griegos, págs. 201-203].