sábado, 19 de marzo de 2011

Heráclito: "Panta rei"



  LOS HOMBRES SE ENGAÑAN EN CUANTO AL CONOCIMIENTO [del mundo visible], COMO HOMERO, QUIEN FUE EL MÁS SABIO DE LOS GRIEGOS PERO QUE SE DEJÓ ENGAÑAR POR UNOS NIÑOS QUE MATABAN PULGAS Y LE DIJERON: LO QUE ENCONTRAMOS Y TOMAMOS NO LO TENEMOS, LO QUE NO ENCONTRAMOS NI TOMAMOS LO TENEMOS.

jueves, 17 de marzo de 2011

domingo, 27 de febrero de 2011

Mito de Prometeo y Pandora de Hesíodo


"Los dioses tienen oculto el sustento de los hombres; pues de otro modo fácilmente podrías trabajar en un sólo día, de manera que tuvieras para un año, aún sin hacer nada. Al instante podrías poner el timón sobre el humo del hogar y se habría terminado la labor de los bueyes y de los pacientes mulos.
Pero Zeus lo escondió, irritado en su corazón, porque le engañó Prometeo de mente tortuosa. Por ello, preparó tristes preocupaciones para los hombres y les ocultó el fuego. Pero, a su vez, el noble hijo de Jápeto lo robó para los hombres al providente Zeus escondiéndolo en el hueco de una cañaheja sin que lo advirtiera Zeus que se complace con el rayo. Y lleno de cólera, Zeus que amontona las nubes le dijo:
¡Hijo de Jápeto, que sobre todos destacas en conocer astucias!, te engañas de haberme robado el fuego y de haber engañado mi ánimo, gran calamidad para ti mismo y para los hombres futuros. Yo, a cambio del fuego, les daré un mal con que todos se alegren en su corazón complaciéndose en su propia desgracia.
Así dijo y se echó a reir el padre de hombres y dioses y ordenó al muy ilustre Hefesto que inmediatamente mezclara tierra con agua, que le infundiera voz humana y fuerza y formara una hermosa y encantadora figura de doncella que igualara en el rostro a las diosas inmortales. Luego ordenó que Atenea le enseñara sus labores, a tejer la tela de fino trabajo. A la dorada Afrodita le mandó que vertiera sobre su cabeza la gracia, un irresistible deseo y cautivadores encantos; y a Hermes, el mensajero Argifonte, le encargó que pusiera en ella un espíritu cínico y un carácter voluble. 
Así dijo y ellos obedecieron al soberano Zeus Crónida. Inmediatamente el ilustre Patizambo modeló de la tierra una imagen parecida a una casta doncella, por voluntad del Crónida. La diosa Atenea de ojos de lechuza ciñó a su cintura y la atavió. Alrededor de su cuello las divinas Gracias y la augusta Persuasión le colocaron collares de oro; las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera. Palas Atenea ajustó a su cuerpo toda clase de ornatos. Luego, el mensajero Argifonte creó en su pecho mentiras, palabras aduladoras y un carácter voluble, por voluntad de Zeus que resuena gravemente. Le infundió el habla el Heraldo de los dioses y dio a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen moradas olímpicas le concedieron un regalo, desgracia para los hombres que se alimentan de pan. 
Luego que cumplió su duro e irremediable engaño, el padre envió hacia Epimeteo al ilustre Argifonte con el regalo de los dioses, rápido mensajero.
Y no pensó Epimeteo que Prometeo le había dicho que no aceptara nunca un regalo de Zeus Olímpico, sino que lo devolviera de nuevo para evitar que pudiera ser perjudicial para los mortales. Pero él lo recobió y sólo cuando tenía el mal, se percató.
Pues antes, las tribus de hombres vivían sobre la tierra sin penas y libres del duro trabajo y de las penosas enfermedades que ocasionan la muerte a los hombres. (Pues los hombres pronto envejecen en la miseria). Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la gran tapa de la tinaja los dispersó y preparó para los hombres tristes calamidades. Únicamente quedó dentro la Esperanza entre sus indestructibles paredes bajo los bordes de la tinaja, y no salió volando hacia la puerta, pues antes Pandora le puso la tapa de la tinaja, por voluntad de Zeus portador de la égida y amontonador de nubes.
Y ahora, innumerables penas revolotean entre los hombres. La tierra está llena de males y lleno el mar. Unas enfermedades de día y otras de noche van y vienen a su antojo llevando dolores a los mortales en silencio, porque el prudente Zeus les privó de la voz. Así no hay ningún medio de escapar a los designios de Zeus". 
[Hesíodo, Poemas Heiódicos, María Antonia Corbera Lloveras (ed.), Madrid, Akal, 1990, págs. 89-91].

domingo, 2 de enero de 2011

Cervantes, sobre la verosimilitud de la historia y la novela...



"- A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías, las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.
-Con todo esto -respondió el bachiller-, dicen algunos que han leído la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote.
- Ahí entra la verdad de la historia -dijo Sancho.
- También pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote -, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fe que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.
- Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna".
[Véase, Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, Madrid, Edición del Instituto Cervantes 1605-2005, págs. 707-708].

jueves, 30 de diciembre de 2010

Menéndez Pelayo y Homero


Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) fue un enamorado de Grecia y de todo lo relacionado con Troya, así  que afirma que la magia, tanto en Grecia como en Roma fue de dos tipos, la oficial, pública y asociada al culto; y otra popular, heterodoxa y hasta penada por las leyes. Expresión importante de la primera, y centro de la vida política para los helenos fueron los oráculos, cuya historia ha tenido poca o ninguna importancia para las supersticiones cristianas, y menos los de la Península Ibérica. El arte augural, dominó en tiempos anteriores a la influencia política de los oráculos, y afirma:
"Recordemos en la Ilíada aquel adivino Calcas, que revela las causas de la peste enviada por Febo a los Aqueos: Calcas, el que en Aulide había anunciado la voluntad de los dioses respecto al sacrificio de Ifigenia. La observación de los sueños aparece en el libro II del mismo poema, si el trozo no es uno de los intercalados. Y ya en tiempo del Padre Homero debía de reinar el escepticismo en cuanto a las adivinaciones, conforme lo indica aquella sublime respuesta de Héctor: El mejor agüero es pelear por su tierra. Pero la ley del fatum es para los héroes homéricos inflexible: en el libro XIX, Xanto, uno de los divinos caballos de Aquiles, habla inspirado por Juno, y predice al hijo de Peleo su temprana y próxima muerte. Entonces Aquiles, el de los pies ligeros, replicó a Xanto: ¿Por qué me vaticinas la muerte? Nada te importa: bien sé que es hado mío perecer lejos de mi dulce padre y de mi madre; pero no cesaré hasta que los Troyanos se hayan saciado de pelea.
En la Odisea, poema de tiempo y civilización muy distintos, las artes divinatorias y mágicas son más respetadas. Telémaco ve en el libro II dos águilas enviadas por Zeus, y toma de su vuelo auspicios favorables. El tipo de la farmaceutria, de la hechicera, no conocido por el autor de la Ilíada, es en la Odisea Circe, cuya vara mágica tiene el poder transmutorio, y convierte en puercos a los compañeros de Ulises, atraídos por su canto, Carminibus Circe socios mutavit Ulyssi, y por el dulce sabor del vino Prammio y de los manjares amasados con queso, harina y miel; pero no al mañoso itacense, que resistió los hechozos de la hierba moly que le había dado Mercurio. Circe es una encantadora, risueña y apacible, como la fantasía de los griegos podían imaginarla; no una bruja hórrida y repugnante, como las de Macbeth. Ulises parece un bárbaro cuando acomete, espada en mano, a aquella diosa euplócama, que acaba por enamorarse perdidamente de él y regalarle en su maravilloso palacio. Todo es de suave color en la Odisea, menos la necromancia o evocación de los muertos en el canto XI, que tiene el carácter de una verdadera goetia. Ulises va a tierra de los Cimmerios, abre un hoyo, le llena con la sangre de las víctimas, hace tres libaciones, y empiezan a acudir las almas de Erebo, sedientas de aquella negra sangre. Ulises les prohibe acercarse hasta que se levanta la sombra del ciego Tiresias, adivino tebano, que le predice su vuelta a Itaca y otros sucesos. En el libro XX, los amantes de Penélope son aterrados por un funesto agüero, y Teoclimeno les anuncia la muerte".
[Véase, Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, Edición Nacional de las Obras Completas de Marcelino Menéndez y Pelayo, Vol. 35, Madrid, CSIC, 1948, págs. 382-384].

martes, 28 de diciembre de 2010

El retorno de Ulises de Dionisio Ridruejo.


Para Dionisio Ridruejo (1912-1975), El retorno de Ulises (¿1944?) sería el mejor de sus dramas. Aborda inteligentemente con una serie de claves intelectuales cosechadas dentro de los mitos clásicos griegos, el paralelismo entre la prolongada ausencia del Fundador de la Falange y el personaje de Ulises, realizando un parangón con la figura del héroe homérico. En la obra vemos a una sacrificada y entregada Penélope que guarda la ausencia del esposo durante veinte años, sin someterse a las presiones y requerimientos de los pretendientes, el pueblo y su propio hijo. Aparece tejiendo un gran tapiz con el retrato del ausente de enormes proporciones, Ulises (José Antonio) en actitud guerrera tensando el arco. En el drama Penélope representa la falange de la revolución pendiente, y se refiere al ausente diciendo: "Todos habláis de su gloria. Yo la vivo y siento bullir dentro de mí como una criatura luminosa que quiere ser parida y que estoy pariendo desde hace cinco años, noche a noche en este tapiz".
[Véase Gonzalo Torrente Ballester,  El retorno de Ulises, Teatro 2, Barcelona, Destino, 1982, págs. 152 y ss].

domingo, 19 de diciembre de 2010

El culto griego de Adriano...



"Humanitas, Felicitas, Libertas: no he inventado estas bellas palabras que aparecen en las monedas de mi reinado. Cualquier filósofo griego, casi todos los romanos cultivados, se proponen la misma imagen del mundo. Frente a una ley injusta por demasiado rigurosa, he oído gritar a Trajano que su ejecución ya no respondía al espíritu de la época. Pero tal vez sería yo el primero que subordinara conscientemente mis actos a ese espíritu de la época, haciendo de él otra cosa que el sueño nebuloso de un filósofo o la vaga aspiración de un buen príncipe.Y daba gracias a los dioses por haberme dejado vivir en una época en que mi tarea consistía en reorganizar prudentemente un mundo, y no en extraer del caos una materia aún informe, o en tenderme sobre un cadáver para tratar de resucitarlo. Me congratulaba de que nuestro pasado fuese lo bastante amplio para proporcionarnos ejemplos, sin aplastarnos con un exceso de peso; de que el desarrollo de nuestras técnicas hubiera llegado al punto de facilitar la higiene de las ciudades y la prosperidad de los pueblos, sin exceder de la medida y abrumar a los hombres con adquisiciones inútiles; y de que nuestras artes, árboles fatigados ya por la abundancia de sus dones, fueran todavía capaces de dar algunos frutos deliciosos. Me alegra de que nuestras vagas y venerables religiones, decantadas de toda intransigencia o de todo rito salvaje, nos asociaran misteriosamente a los más antiguos sueños del hombre y de la tierra, pero sin vedarnos una explicación laica de los hechos, una visión racional de la conducta humana. Me placía, por fin, que aquellas palabras de Humanidad, Libertad y Felicidad no hubieran sido todavía devaluadas por un exceso de aplicaciones ridículas".
[Véase, Margaritte Yourcenar, Memorias de Adriano, Barcelona, Edhasa, 1984, págs. 95-96].