domingo, 31 de octubre de 2010

La Esfinge para Borges.

"La Esfinge de los monumentos egipcios (llamada "Andro-esfinge" por Herodoto, para distinguirla de la griega) es un león echado en la tierra y con cabeza de hombre; representaba, se conjetura, la autoridad del rey y custodiaba los sepulcros y los templos. Otras, en las avenidas de Karnak, tienen cabeza de carnero, el animal sagrado de Amón. Esfinges barbadas y coronadas hay en los monumentos de Asiria y la imagen es habitual en las gemas persas. Plinio, en su catálogo de animales etiópicos, incluye las Enfinges, de las que no precisa otro rasgo que "el pelaje pardo rojizo y los pechos iguales".
La Esfinge griega tiene cabeza y pechos de mujer, alas de pájaro, y cuerpo y pies de león. Otros atribuyen cuerpo de peroo y cola de serpiente. Se refiere que asolaba el país de Tebas, proponiendo enigmas a los hombres (pues tenía voz humana) y devorando a quienes no sabían resolverlos. A Edipo, hijo de Yocasta, le preguntó:
"¿Qué ser tiene cuatro pies, dos pies o tres pies, y cuántos más tiene es más débil?"
[Así es, parece, la versión más antigua. Los años te agregaron la metáfora que hace de la vida del hombre un solo día].
Edipo contestó que era el hombre, que de niño se arrastra a cuatro pies, cuando es mayor anda a dos y a la vejez se apoya en un báculo. La Esfinge, descifrando el enigma, se precipitó desde lo alto de su montaña.
De Quincey, hacia 1849, sugirió una segunda interpretación, que puede completar la tradicional. El sujeto del enigma, según De Quincey, es menos el hombre genérico que el individuo Edipo desvalido y huérfano en su mañana, solo en la edad viril y apoyado en Antígona en la desesperada y ciega vejez.
Ahora se formula de ésta manera: ¿Cuál es el animal que anda en cuatro pies a la mañana, en dos al mediodía y en tres a la tarde?
La misma fábula se encuentra en el Libro de Las Mil y Una Noches, en la leyenda de San Brandán y en el Paraíso perdido de Milton, que nos muestra a la ballena durmiendo "en la espuma noruega".
[Jorge Luis Borges, El libro de los seres imaginarios, Madrid, Alianza Editorial, 1998].

sábado, 30 de octubre de 2010

jueves, 28 de octubre de 2010

Himno de Borges


Himno

Esta mañana
Hay en le aire la increíble fragancia
de las rosas del Paraíso.
En la margen del Éufrates
Adán descubre la frescura del agua.
Una lluvia de oro cae del cielo;
es el amor de Zeus.
Salta del mar un pez
y un hombre de Agrigento recordará
haber sido ese pez.
En la caverna cuyo nombre será Altamira
una mano sin cara traza la curva
de un lomo de bisonte.
La lenta mano de Virgilio acaricia
la seda que trajeron
del reino del Emperador Amarillo
las caravanas y las naves.
El primer ruiseñor canta en Hungría.
Jesús ve en la moneda el perfil de César.
Pitágoras revela a sus griegos
que la forma del tiempo es la del círculo.
En una isla del Océano
los lebreles de plata persiguen a los ciervos de oro.
En un yunque forjan la espada
que será fiel a Sigurd.
Whitman canta en Manhattan.
Homero nace en siete ciudades.
Una doncella acaba de apresar
al unicornio blanco
Todo el pasado vuelve como una ola
y esas antiguas cosas recurren
porque una mujer te ha besado.


[Jorge Luis Borges, La cifra, Madrid, Alianza Editorial, 1981, pág. 88].

sábado, 23 de octubre de 2010

El Homero español

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) se le considera el Homero español, por el amplio uso de cultismos (neologismos de origen griego o latino), siendo su meta imitar a los escritores de la antigüedad greco-latina, es decir, imitación de los géneros literarios, de los temas, el léxico, la sintaxis y las referencias mitológicas.
Fue el recopilador López de Vicuña quién así lo denominó en 1627, en Obras en verso del Homero español que recogió Juan López de Vicuña. Admirado y nombrado por Cervantes, tanto en La Galatea: "En don Luis de Góngora os ofrezco / un vivo raro ingenio sin segundo; / con sus obras me alegro y enriquezco / no sólo yo, más todo el ancho mundo"; como en El viaje del Parnaso: "En don Luis de Góngora, a quien temo / agraviar en mis cortas alabanzas / aunque las suba al grado más supremo"; encontramos a un poeta complejo pero con una amplia visión de su realidad circundante, verídica, dura y realista; en Ande yo caliente y ríase la gente de 1581, da una visión del momento en el que vive que bien puede sus inscribirse a los tiempos presentes:

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.


Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados;
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.


Pase a media noche el mar,
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.

Pues amor es tan crüel,
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.

[Véase Agustín Durán, Cancionero y romancero de coplas y canciones de arte menor, letras, letrillas, romances cortos y glosas anteriores al siglo XVIII, pertenecientes a los géneros doctrinal, amatorio, jocoso, satírico, etc, Madrid, Imprenta de Eusebio Aguado, 1829, págs. 124-125].

domingo, 17 de octubre de 2010

La muerte de Virgilio


En el magnífico libro de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, escrito mientras Broch estuvo durante cinco semanas encarcelado en Alt-Ausse, tras ser detenido por la Gestapo, marca un paralelo entre la época de Augusto y la suya propia. El libro narra el sueño de Virgilio antes de morir, y se plantea en uno de los muchos diálogos entre el César Augusto y el que me llama la atención, y tiene que ver con la responsabilidad del hombre sobre el tiempo en el que vive y sobre el conocimiento; en dónde sueña Virgilio ésta conversación con el César Augusto:
"Atribuyes al tiempo la responsabilidad por las acciones humanas, hasta lo haces responsable de su pérdida de conocimiento..., Descargas así al hombre, y naturalmente también a ti mismo, de toda responsabilidad; esto es peligroso... Prefiero cargar sobre los hombres la responsabilidad del tiempo en el que viven.
¿Qué era el tiempo?, ¿era tan sólo una corriente en incesante flujo?, ¿no era más bien intermitente, a veces como las aguas de un lago casi cristalino, o incluso de una ciénaga, descansando sobre la nube bicolor del crepúsculo, y a veces de nuevo como una rugiente catarata, salpicando de espuma brillante de arco iris, oleada que todo lo inunda rugiente?
- César, aún sobra espacio suficiente para la responsabilidad del hombre; el hombre puede cumplir su deber bien o mal, y aunque sea el tiempo el que prescribe el círculo de sus tareas, aunque no pueda ejercer sobre éste ningún influjo, permanece inalterable la responsabilidad en lo que toca al deber; el deber del deber permanece inalterado e independiente de los cambios, de ese círculo de cometidos.
- Y ni siquiera puedo admitir que este círculo del deber sea cambiado por el tiempo... El hombre es responsable de los deberes y tareas que se pone como objetivo de sus actos; tiene que dirigirlos a través de todos los tiempos a la comunidad y el Estado, y si lo descuida, el tiempo se vuelve informe. Él, en cambio, tiene que configurar el tiempo y lo configura en el Estado, que es el deber supremo del hombre desde el comienzo.
¡Misterio del tiempo, misterio de su vacío! ¿Por qué se transforma en el tiempo el círculo de los deberes del hombre? Infinitos se extienden los campos saturnales a través del tiempo, inmutables a través de todos los tiempos, pero en el tiempo se halla encarcelada el alma; y más allá de la superficie del tiempo, en las profundidades del cielo y de la tierra, descansa el conocimiento, el objetivo del hombre.
- Siempre queda el conocimiento como deber, siempre queda el conocimiento como la divina misión del hombre".
[Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, Alianza Editorial, 2ª ed., 2007, págs. 405-406].

domingo, 10 de octubre de 2010

ODISEO, O MITO E ILUSTRACIÓN


Para Theodor Adorno y Max Horkheimer, en el poema épico homérico, opuesto histórico-filosófico de la novela, aparecen los rasgos novelescos, y el cosmos venerable del mundo homérico se manifiesta como producto de la razón ordenadora, que destruye el mito justamente en virtud del orden racional en el cual lo refleja. En Homero, creen los pensadores de la Escuela Crítica de Frankfurt, poema épico y mito, forma y contenido, no sólo divergen, sino que se enfrentan recíplocamente, dando testimonio de la tendencia histórico-filosófica éste dualismo estético. Homero es el continuador del proceso artístico universalmente humano al que debemos la individualización, lo que denominan el sí mismo. La odisea, desde Troya a Ítaca es el itinerario del sí mismo a través de los mitos. Pero sin embargo, el hecho de la falsedad de los mitos (el hecho de que la mar y la tierra no estén habitados realmente por demonios), engaño mágico y difusión de la religión popular tradicional oral, se convierte a los ojos del héroe en extravío frente a la evidencia del fin de la propia supervivencia, del retorno a la patria y a la propiedad estable junto a Penélope. Las aventuras que Odiseo supera son en su totalidad peligrosas tentaciones que tienen a desviar al sí mismo de la senda de su órbita, "dónde hay peligro crece lo que nos salva". Odiseo se abandona a sí mismo para reencontrarse, la alienación con respecto a la naturaleza se consuma en el abandono a la naturaleza a la que domina. El órgano del sí mismo para superar aventuras, para perderse a fin de encontrarse, es la astucia. Para Adorno y Horkheimer el astuto sobrevive sólo al precio de su propio sueño, que paga desencatándose a sí mismo; él no puede tener jamás todo, debe de tener paciencia, renunciar, "no debe comer lotos ni bueyes del sagrado Hiperión, y cuando navegue a través del estrecho debe tener en cuenta la pérdida de los compañeros que Escila le arranca de la nave. Él se desliza y abre paso, y así sobrevive; y toda la fama que él mismo y los otros le otorgan por aquello no hace sino confirmar que la dignidad del héroe se conquista sólo en la medida en que se mortifica el impulso a la felicidad total, universal e indivisa".
Cada una de las figuras míticas debe hacer siempre lo mismo, consiste en repetición, el fracaso de ésta repetición significaría su fin. Además, son figuras de la coacción: las atrocidades que cometen son la maldición que pesa sobre ellas. Odiseo se opone a que en el mito, cada momento del ciclo satisface a lo que precede y ayuda a instaurar como ley el nexo de la culpa; y el sí mismo representa la racionalidad frente al destino. "Odiseo debe sustraerse a las relaciones jurídicas que lo circundan y amenazan y que en cierto modo están inscritas en toda figura mítica. (...) Desafío y ceguera son la misma cosa, y quien los desafía se hace con ello víctima del mito al que se expone. Ahora bien, la astucia es el desafío hecho racional".
[Theodor Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, Madrid, Trotta, 3ª ed., 1998, págs. 97-128].

sábado, 9 de octubre de 2010

Hannah Arendt y Homero

Para Arendt en referencia a lo político, un valor formativo era la guerra de Troya, en cuyos vencedores los griegos veían a sus antepasados, y en cuyos vencidos veían los romanos a los suyos. Por eso se convirtieron en los pueblos gemelos de la antiguedad, porque la misma gesta sirvió a ambos como comienzo de su existencia histórica. Es importante que el canto homérico no guarde silencio sobre el hombre vencido, dando testimonio tanto de Héctor como de Aquiles; y que aunque los dioses hayan decidido de antemano la victoria griega y la derrota troyana, no convierten a Aquiles más grande que Héctor, ni la causa de los griegos más legítima que la troyana. "Homero canta esta guerra, datada tantos siglos atrás, de modo que, en cierto sentido, o sea en el sentido de la memoria poética e histórica, la aniquilación puede ser reversible. Esta gran imparcialidad de Homero, que no es objetividad en el sentido de la moderna libertad valorativa, sino en el sentido de la total libertad de intereses y de la completa independencia de juicio de la historia -contra la cual consiste en el juicio del hombre que actúa y su concepto de la grandeza-, yace en el comienzo de toda historiografía, y no sólo de la occidental; pues algo así como lo que entendemos por historia no lo ha habido nunca ni en ningún sitio donde el ejemplo homérico no haya sido, al menos indirectamente, efectivo".
Es conocido que los esfuerzos griegos para transformar la guerra de aniquilación en una guerra política no fue más allá de esta salvación retrospectiva que Homero poetizó, y fue esta incapacidad, la que llevó al derrumbamiento de las ciudades-estado griegas. La peitho divina del ágora, es una fuerza de convicción y persuasión que rige sin violencia ni coacción entre iguales y que lo decide todo, es política. Mientras la violenta guerra se excluye de lo poético y se comportaba como lo apolítico, en este caso se suprimía necesariamente la igualdad de los ciudadanos, que impedía mandar y obedecer, perteneciendo así al ámbito de lo no-político.
"Lo propiamente homérico en el relato de la guerra de Troya tuvo su plena repercusión en la manera en que la polis incorporó a su forma de organización el concepto de la lucha como el modo no sólo legítimo sino en cierto sentido superior de la convivencia humana. Lo que comúnmente se denomina espíritu agonal de los griegos, que sin duda ayuda a explicar (si es que algo así puede explicarse) que en los pocos siglos de su florecimiento encontremos condensada en todos los terrenos del espíritu una genialidad más grande y significativa que en ninguna otra parte, no es solamente el empeño de ser siempre y en todas partes el mejor, afán que Homero ya habla y que poseía en efecto tanto significado para los griegos que hasta se encuentra en su lengua un verbo para ello: aristeuein (ser el mejor), que se entendía no sólo como una aspiración sino como una actividad que colmaba la vida".
[Hannah Arendt, ¿Qué es política?, Barcelona, Paidós, 1997, págs. 108-110].