martes, 26 de marzo de 2013

FRAGMENTOS DE UN EVANGELIO APOCRIFO





Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra, será lo que ahora es en la tierra.
Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.
Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.
No basta ser el último para ser alguna vez el primero.
Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.
Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a sí mismo.
Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.
Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable.
Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano.
Nadie es la sal de la tierra, nadie, en algún momento de su vida, no lo es.
Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea, Dios la verá.
No hay mandamiento que no pueda ser infringido, y también los que digo y los que los profetas dijeron.
Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.
No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo.
Tu odio nunca será mejor que tu paz.
Si te ofendiere tu mano derecha, perdónala; eres tu cuerpo y eres tu alma, y es arduo, o imposible, fijar la frontera que los divide...
No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.
No jures, porque todo juramento es un énfasis.
Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira.
A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.
Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.
Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo; amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.
Hacer el bien a tu enemigo es el mejor modo de complacer tu vanidad.
No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y del tedio.
Piensa que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error.
Dios es más generoso que los hombres y los medirá con otra medida.
Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los puercos; lo que importa es dar.
Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar...
La puerta es la que elige, no el hombre.
No juzgues al árbol por sus frutos ni al hombre por sus obras; pueden ser mejores o peores.
Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena...
Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.
Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.
Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días.
Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.
Felices los felices.
Jorge Luis Borges.

sábado, 9 de marzo de 2013

WILLIAM BLAKE Y ULISES



Con un cubo de agua de la fuente de la vida en las manos, el alma se eleva a la gruta vegetal del cuerpo, gruta que las mujeres tejen en los "telares uterinos de la generación".
La figura con túnica roja a la izquierda es posiblemente Ulises, "símbolo del hombre como viajero por el mar tenebroso y tempestuoso de la generación". 
W. Blake, The Arlington Court Picture, 1821.

La caída del hombre para Virgilio



"De nuevo estaba abandonado, abandonado a un mundo abandonado de nuevo; oh, ninguna mano le sostenía ya, nada había allí que le protegiera y alzara; había sido dejado caer, y quebrantado sobre el antepecho de la ventana, clavado inerte a la ardiente y polvorienta inercia de los ladrillos, sintiendo agudamente bajo las uñas de los dedos, polvorienta, esta recalentada arcilla primigenia, clavado lo terreno primigenio petrificado, oía el silencioso reír en el silencio nocturno de caliente piedra y rígidas figuras, oía en ello el silencio del perjurio cometido, el empedernido silencio de la conciencia de la culpa sin expresión, ni conocimiento, ni recuerdo, el silencio de la pre-creación y de su muerte cruelmente creciente, ante cuya incondicionalidad no hay nuevo nacimiento ni renovación de la creación del mundo, porque la muerte que impone no conoce ninguna suerte de divinidad; oh, ninguna otra criatura es tan absolutamente y tan no-divinamente mortal, como lo es el hombre, pues ninguna otra puede volverse tan perjura como el hombre y cuanto más depravado se hace, tanto más mortal se torna; pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya sólo toca el empedrado, el hombre que ya ni labra el campo ni lo siembra, para quien ya nada se cumple según el círculo de los astros, para quien la selva ya no canta ni los verdes campos; verdaderamente nadie ni nada es tan mortal como la plebe de la gran ciudad, que se afana, se arrastra y hormiguea a través de las calles, y de tanto culebrear ha olvidado cómo se anda, ya sin el apoyo de ninguna ley y sin llevarla en sí, rebaño de nuevo disperso, perdida su sabiduría de un tiempo, rebelde al conocimiento, bestial, casi infrabestialmente entregado a cualquier acaso y finalmente a la extinción del acaso sin recuerdo, sin esperanza, sin inmortalidad; así estaba resuelto también para él, junto con el disperso rebaño de la plebe, a la que pertenecía como una de sus astillas, así le había sido impuesto, inevitablemente, con la con la necesidad del destino. Había dejado tras sí las regiones del espanto, pero sólo para ver con horror cómo había caído él mismo en la plebeyez, superficie desplomada sin acceso a ninguna profundidad.... (...) Las puertas plutónicas están siempre abiertas, inevitablemente es la caída de la que no hay retorno, y en la embriaguez de la caída el hombre piensa que se trata de una caída hacia arriba, lo piensa hasta que allí donde la eternidad de los celestes acontecimientos se revela de repente como simultaneidad y como una coincidencia en el ámbito terreno, hasta que en ese límite de las edades encuentra al dios desmitologizado, alcanzado y aventajado por él, que envuelto entre la risa de los Eones cae igualmente, ambos arrojados al mismo desengaño y al mismo abandono de sí, abandonados a un horror que, cierto, aún ríe en pertinaz y rebelde vergüenza, pero presiente ya al mismo tiempo un horror futuro aún más horrendo, y quiere alejarlo riendo".

[Herman Broch, La muerte de Virgilio, Madrid, Alianza Editorial, 2ª ed., 2007, págs. 167-168].

domingo, 27 de enero de 2013

ESPAÑA Y HOMERO



"Hay quién sostiene que España fue la primera tierra poblada después del diluvio. Estrabón cuenta que los turdetanos o tartesos sabían escribir y conservaban poemas y leyes en verso con seis mil años de antiguedad. También opina, siguiendo a Asclepíades y Artemidoro, que los Campos Elíseos de la Odisea se encontraban, según Homero, en las cercanías de Tartessos. Hubo una época en que todo, y no sólo España, fue mitología, cuna de dioses, provincia del exótero". 

[Fernando Sánchez Dragó, Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, 1ª Parte, Los Orígenes. Madrid, Hiperión, 7º ed., 1979, pág. 49].

miércoles, 23 de enero de 2013

MITO PARA MIRCEA ELIADE



Dice Mircea Eliade: "Personalmente, la definición que me parece menos imperfecta, por ser la más amplia, es la siguiente: el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de  los «comienzos». Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a  ser. El mito no habla de lo que ha sucedido realmente, de lo que se ha manifestado plenamente. Los personajes de los mitos son Seres Sobrenaturales. Se les conoce sobre todo por lo que han hecho en el tiempo prestigioso de los «comienzos». Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y desvelan la sacralidad (o simplemente la «sobre-naturalidad») de sus obras. En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de lo «sobrenatural») en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy día. Más aún: el hombre es lo que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural, a consecuencia de las intervenciones de los seres sobrenaturales.(...) En efecto, los mitos relatan no sólo el origen del Mundo, de los animales, de las plantas y del hombre, sino también todos los acontecimientos primordiales a consecuencia de los cuales el hombre ha llegado a ser lo que es hoy, es decir, un ser mortal, sexuado, organizado en sociedad, obligado a trabajar para vivir, y que trabaja según ciertas reglas. Si el Mundo  existe, si el hombre existe,  es porque los Seres Sobrenaturales han desplegado una actividad creadora en los «comienzos». Pero otros acontecimientos han tenido lugar después de la cosmogonía y la antropogonía, y el hombre,  tal como es hoy, es el resultado directo de estos acontecimientos míticos,  está constituido por estos acontecimientos.  Es mortal, porque algo ha pasado in illo tempore. Si eso no hubiera sucedido, el hombre no sería mortal: habría podido existir indefinidamente como las piedras, o habría podido cambiar periódicamente de piel como las serpientes y, por ende, hubiera sido capaz de renovar su vida, es decir, de recomenzarla indefinidamente. Pero el mito del origen de la muerte cuenta lo que sucedió in illo tempore, y al relatar este incidente explica por qué el hombre es mortal.(...) El tiempo mítico de los orígenes es un tiempo «fuerte», porque ha sido transfigurado por la presencia activa, creadora, de los Seres Sobrenaturales. Al recitar los mitos se reintegra este tiempo fabuloso y, por consiguiente, se hace uno de alguna manera «contemporáneo» de los acontecimientos evocados, se comparte la presencia de los Dioses o de los Héroes. En una fórmula sumaria, se podría decir que, al «vivir» los mitos, se sale del tiempo profano, cronológico, y se desemboca en un tiempo cualitativamente diferente, un tiempo «sagrado», a la vez primordial e indefinidamente recuperable".

[Mircea Eliade, Mito y Realidad, Barcelona, Labor, 1991, págs.- 6-8 y 11.]

lunes, 5 de noviembre de 2012

DIALÉCTICA GRIEGA






Livio Sichirollo nos recuerda que en la Ilíada las expresiones en griego antiguo que podemos relacionar con lo que ahora entendemos por «dialéctica», salvando todas las distancias, se refieren a los momentos críticos de opción en circunstancias dramáticas, cuando no trágicas, a la capacidad del ser humano para pensar, decidir y actuar en las situaciones extremas, por ejemplo, en la mitad del combate a muerte, cuando Héctor tiene que decidir qué hacer frente a Aquiles. En la primera cultura clásica griega, por tanto, la dialéctica hacía referencia a capacidad y libertad de decisión en situaciones límite, siendo por tanto un sinónimo de elección y libertad: «Es necesario aceptar la lucha». 
Sichirollo nos explica luego que esta visión clásica antigua de la dialéctica fue siendo arrinconada por otra diferente, aséptica,  fría, que sacrificaba su identidad de decisión y lucha por la de un simple saber o técnica argumentativa, cercana a la oratoria y a la retórica, un instrumento en manos de la casta de los filósofos que debían regir el destino de la ciudad-Estado en plena decadencia, cuando la democracia había sido derrotada por la oligarquía. La castración de la esencia liberadora de la dialéctica inicial, de su poder argumentativo crítico, fue realizada por Platón y por Aristóteles. 

[Livio Sichirollo, Dialéctica, Barcelona, Labor, 1976] 




domingo, 4 de noviembre de 2012

VIAJE A CNOSOS



"Varios siglos antes de alcanzar su pleno desarrollo, en la época clásica, la Grecia luminosa de las ciudades, el antiguo mundo helénico era dominado por la civilización micénica. En la Ilíada, es Agamenón, rey de Micenas, quien conduce la expedición aquea contra Troya. En la actualidad, cuando el viajero se encuentra delante de las ruinas de la antigua fortaleza despejada por los arqueólogos, descubre murallas de varios metros de espesor, hecha de enormes bloques, ciclópea. En esta civilización guerrera, todo el esfuerzo de los hombres, toda la acumulación material servía para separar el interior del exterior.
Muy diferente a la fortaleza micénica, e incluso anterior a ella, el palacio de Cnosos fue durante siete siglos el principal centro de irradiación de la civilización minoica. El palacio cretense está desprovisto de fortificaciones. La pacífica cultura minoica dirigió sus esfuerzos a la complejidad de la arquitectura, a la decoración de los salones, a la belleza e ingeniosidad del acondicionamiento interior (alcantarillas, red de agua potable, etcétera). Toda la energía empleada en Micenas en la masa de las murallas fue empleada en Cnosos en el refinamiento del modo de vida, para complicar el plano, para hacer proliferar todo un lujo de detalles arquitectónicos: escaleras, patios, columnas, estatuas, pisos, terrazas, antecámaras, grandes salones de ceremonias, pequeñas piezas secretas, cámaras de tesoros, recodos, resaltos, pasillos sin salida… El palacio de Cnosos es tremendamente complicado, pero abierto al cielo y al sol por medio de sus patios y sus tragaluces, da al mundo y a la ciudad por puertas y ventanas. Se conecta con los otros palacios de las grandes ciudades cretenses por calles adoquinadas. Los minoicos, que no vivían en una civilización polémica, que orientaban su espíritu hacia otros problemas ajenos a la defensa, al ataque, a la correlación de fuerzas y al dominio, al mismo tiempo que se abrían por medio de las artes y el comercio a las otras sociedades, plegaron y replegaron su mundo hacia sí mismo, haciendo irradiar la fabulosa riqueza estética que antecede y condiciona posiblemente el “milagro griego”. Porque no levantaban murallas, los minoicos inventaron el laberinto, es decir, la complejidad cultural, la inteligencia colectiva proyectada al espacio arquitectónico.
¿Quién es, pues, el Minotauro? ¿Es la bestia espantosa que devoraba a los jóvenes atenienses en el fondo de su oscuro antro? Esta versión del Minotauro es la de los griegos. Pero los griegos polémicos, hijos de Micenas y lectores de la Ilíada no podían comprender a Cnosos, el enigma de una civilización irénica. El Minotauro, el hombre toro, no es otra cosa que el acróbata minoico que ejecuta sobre el toro sagrado peligrosos saltos rituales. El Minotauro, el híbrido hombre-toro, surge en el centro del laberinto, pero se trata del patio central del palacio de Cnosos. Se presenta al aire libre, ligero, gracioso, en el lugar soleado de un ancho pozo de luz. Los minoicos no fueron vencidos en la guerra. Su cultura se vino abajo luego de una serie de catástrofes naturales y dispersiones que la llevaron lejos de la isla. No se encontró ningún cadáver en los escombros del palacio incendiado. Los griegos se vinieron a implantar en Creta solo después de la decadencia de su civilización original. Teseo matando al Minotauro son los micénicos ocultando la civilización minoica, una civilización artista, técnica, pero sin armas y sin esclavitud. Los griegos polémicos ocultaron la Creta irenica. Bajo el conflicto, la paz. Los griegos escondieron a Minos, lo enterraron profundamente, en el lugar más bajo, ya que hicieron de él el juez de los infiernos. Y bajo el disfraz transparente de Zeus es efectivamente el Toro minoico quien porta a Europa".

[Pierre Levy, Inteligencia colectiva, por una antropología del ciberespacio, París, La Découverte (Essais), 1956, págs. 151-152].