domingo, 5 de enero de 2014

BATAILLE Y LA AUSENCIA DE MITO



"En el vacío blanco e incongruente de la ausencia, viven inocentemente y se deshacen mitos que ya no son mitos, cuya misma duración revelaría su precariedad. Al menos la pálida transparencia de la posibilidad tiene un sentido perfecto: como los ríos en la mar, los mitos, perdurables o fugaces, se pierden en la ausencia de mito, que es su duelo y su verdad.
La decisiva ausencia de la fe es la fe inquebrantable. El hecho de que un universo sin mito sea un universo en ruinas -reducido a la nada de las cosas- al privarnos de ello equipara la privación con con la revelación del universo. Si al suprimir el universo mítico hemos perdido el universo, esto mismo une a la muerte del mito la acción de una pérdida reveladora. Y actualmente, porque un mito ha muerto o muere, vemos mejor a través de él que si viviera: es el despojamiento lo que perfecciona la transparencia, y es el sufrimiento lo que nos vuelve joviales.
La noche es también un sol y la ausencia de mito es también un mito: el más frío, el más puro, el único verdadero".

[George Bataille, "La ausencia de mito", en La felicidad, el erotismo y la literatura, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2008, págs. 77-78].

viernes, 3 de enero de 2014

ORIGEN DEL CULTO A ÍDOLOS DE FORMA HUMANA



Quien inventó los ídolos, originó esta infidelidad;
quien proyecto hacerlos, corrompió la vida.
Porque no existieron desde los orígenes,
ni existirán tampoco por siempre.
Por la necesidad de los hombres entraron en el mundo,
y por eso les espera un fin rápido.
Un padre, apenado por el luto prematuro,
encarga una imagen del hijo tan presto arrebatado,
y el que ayer era un simple cadáver, hoy lo honra como a dios,
e instituye entre los suyos ritos y misterios.
Más tarde, consolidada por el tiempo,
la impía costumbre se observa como ley.
Por orden de los soberanos, reciben culto las estatuas.
A quienes no se puede venerar en persona, porque viven lejos, 
se les representa en figura a distancia
y se hace una imagen del rey venerado,
para adular con fervor al ausente como si estuviese presente.
La ambición del artista lleva a extender este culto
que así llega hasta aquellos que no lo conocían;
porque él, deseando, sin duda, agradar al soberano,
desplegó todo su arte para hacer
una imagen más bella que la realidad.
Así la gente, arrebatada por el primor de la obra, 
da culto al que antes honraba como hombre.
Y esto es una trampa para los vivientes,
porque los hombres, víctimas de su infortunio o de la tiranía,
dan a la piedra y al leño el nombre incomunicable. 

[Sabiduría, 14-12].

jueves, 19 de diciembre de 2013

Octavio Paz. Entre dioses y hombres


"Religión y destino regían su vida, como moral y libertad presiden la nuestra. Mientras nosotros vivimos bajo el signo de la libertad y todo - aún la fatalidad griega y la gracia de los teólogos -es elección y lucha, para los aztecas el problema se reducía a investigar la no siempre clara voluntad de los dioses. De ahí la importancia de las prácticas adivinatorias. Los únicos libres eran los dioses. Ellos podían escoger - y, por lo tanto, en un sentido profundo, pecar. La religión azteca está llena de dioses pecadores -Quetzalcóatl, como ejemplo máximo-, dioses que desfallecen y pueden abandonar a sus creyentes, del mismo modo que los cristianos reniegan a veces de su Dios. La conquista de México sería inexplicable sin la traición de los dioses, que reniegan de su pueblo. (...) Habitamos nuestra soledad como Filoctenes su isla, no esperando, sino temiendo volver al mundo. No soportamos la presencia de nuestros compañeros. Encerrados en nosotros mismos, cuando no desgarrados y enajenados, apuramos una soledad sin referencias a un más allá redentor o a un más acá creador". 

Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Madrid, Cátedra, 8º ed., 2002, págs. 191 y 201.

martes, 3 de diciembre de 2013

Ulises. Alfred Tennyson:






De nada sirve que viva como un rey inútil 
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, 
el consorte de una anciana, inventando y decidiendo 
leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro, 
que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy. 
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber 
la vida hasta las heces. Siempre he gozado 
mucho, he sufrido mucho, con quienes 
me amaban o en soledad; en la costa y cuando 
con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia 
irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso; 
pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento, 
he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres 
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos, 
no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas; 
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales, 
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya. 
Formo parte de todo lo que he visto; 
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual 
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye 
una y otra vez cuando avanzo. 
¡Qué fastidio es detenerse, terminar, 
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio! 
Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra 
sería del todo insuficiente, y de la única que tengo 
me queda poco; pero cada hora me rescata 
del silencio eterno, añade algo, 
trae algo nuevo; y sería despreciable 
guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles, 
y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo 
de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae, 
más allá del límite más extremo del pensamiento humano. 

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco, 
a quien dejo el cetro y esta isla. 
Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar 
en esta labor, para civilizar con prudente paciencia 
a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente 
a que se sometan a lo que es útil y bueno. 
Es del todo impecable, dedicado completamente 
a los intereses comunes, y se puede confiar 
en que sea compasivo y cumpla los ritos 
con que se adora a los dioses tutelares 
cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío. 

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas; 
allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros, 
almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí, 
y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida 
tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos 
con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido. 
La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo. 
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, 
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse, 
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses. 
Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas: 
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos 
lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos. 
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo. 
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos 
los resonantes survos, pues me propongo 
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan 
todos los astros del occidente, hasta que muera. 
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan; 
es posible que demos con las Islas Venturosas, 
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos. 
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar 
de que no tenemos ahora el vigor que antaño 
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: 
un espíritu ecuánime de corazones heroicos, 
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida 
a combatir, buscar, encontrar y no ceder. 

Traducción: Randolph D. Pope

sábado, 21 de septiembre de 2013

ULISES DE TENNYSON








Me he vuelto un nombre;
pues siempre errando, con el corazón hambriento,
mucho vi y conocí: ciudades de los hombres,
y costumbres y climas, consejos y gobiernos,
y a mí mismo no menos, mas de todos honrado;
delicias de la guerra gusté, con mis iguales,
en los sonoros llanos de Troya, combatida
del viento; formo parte de todo lo que viera;
mas todo lo vivido es un arco, por donde
brilla el mundo no visto, cuyo límite siempre
más y más se disipa, cuando sigo mis rutas.
¡Qué hastío da el pararse, el alcanzar el fin,
aherrumbrarse sin el brillo de lo usado!
Como si vida fuese el respirar. Cien vidas
muy poco me serían y me queda ya poco
de la única mía: mas cada hora salvo
del eterno silencio un algo que me lleva
nuevas cosas; y fuera villanía
sólo por días breves, guardarme, aterorarme,
con mi espíritu ya encanecido, anhelando
irse en pos del saber, lucero que declina,
más allá de los límites del pensamiento humano...

(Traducción de J. Bofill y Ferro).

viernes, 19 de julio de 2013

ALBERT CAMUS Y EL MUNDO GRIEGO



"Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella. Primera diferencia, pero que viene de lejos. El pensamiento griego se ha atrincherado siempre en la idea de límite. No ha llevado nada hasta el final—ni los sagrado ni la razón—, porque no ha negado nada: ni lo sagrado, ni la razón. Lo ha repartido todo, equilibrando la sombra con la luz. Por el contrario, nuestra Europa, lanzada a la conquista de la totalidad, es hija de la desmesura. Niega la belleza, del mismo modo que niega todo lo que no exalta.Y, aunque de diferentes maneras, no exalta más que una sola cosa: el futuro imperio de la razón. En su locura, hace retroceder los límites eternos y, enseguida, oscuras Erinias se abaten sobre ella y la desgarran. Diosa de la mesura, no de la venganza, Nemesisvigila. Todos cuantos traspasan el límite reciben su despiadado castigo. 
Los griegos, que se interrogaron durante siglos acerca de lo justo, no podrían entender nada de nuestra idea de la justicia. Para ellos, la equidad suponía un límite, mientras que todo nuestro continente se convulsiona en busca de una justicia que pretende total.Ya en la aurora del pensamiento griego, Heráclito imaginaba que la justicia pone límites al propio universo físico.«El sol no rebasará sus límites; y si lo hace, las Erinias, defensoras de la justicia, darán con él». Nosotros, que hemos desorbitado el universo y el espíritu, nos reímos de esa amenaza. Encendemos en un cielo ebrio los soles que queremos. Pero eso no impide que los límites existan y que nosotros lo sepamos. En nuestros más locos extravíos, soñamos con un equilibrio que hemos dejado atrás y que ingenuamente creemos que volveremos a encontrar al final de nuestros errores. Presunción infantil y que justifica que pueblos niños, herederos de nuestras locuras, conduzcan hoy en día nuestra historia. 
Un fragmento, también atribuido a Heráclito, enuncia simplemente: «Presunción, regresión del progreso».
Y muchos siglos después del efesio, Sócrates, ante la amenaza de una condena a muerte, no reconocía más superioridad que ésta: lo que ignoraba, no creía saberlo. La vida y el pensamiento más ejemplares de estos siglos concluyen con una orgullosa confesión de ignorancia. Olvidando eso, hemos olvidado nuestra nobleza. Hemos preferido el poderío que remeda la grandeza: primero, Alejandro, y después los conquistadores romanos que nuestros autores de manuales, por una incomparable bajeza de alma, nos enseñan a admirar. También nosotros hemos conquistado, desplazado los límites, dominado el cielo y la tierra. Nuestra razón se ha vaciado.Y, al fin solos, concluimos nuestro imperio en un desierto. ¿Cómo poder imaginarnos, pues, ese equilibrio superior en el que la naturaleza mantenía la historia, la belleza, el bien, y que llevaba la música de los números hasta la tragedia de la sangre? Nosotros volvemos la espalda a la naturaleza, nos avergonzamos de la belleza. Nuestras miserables tragedias arrastran un olor de oficina y la sangre que derraman tiene color de tinta".

[Albert Camus, Obras, 3. El hombre rebelde, Crónicas 1948-1933, Reflexiones sobre la guillotina, El verano. José María Guelbenzu (ed)., Madrid, Alianza Editorial, 1996, págs. 573-575]

sábado, 13 de julio de 2013

HERMANN HESSE Y HOMERO





"Llegamos a la literatura europea. Del mundo rico y grandioso de la literatura antigua, elegimos sobre todo los dos grandes poemas de Homero, con ellos tenemos  todo el aire y el ambiente de la Grecia antigua. Incluimos también a los tres grandes trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides, a los que añadimos la «Antología», la selección clásica de los  autores  líricos.  Nos  adentramos  en  el  mundo  de  la  sabiduría  griega  y  nos encontramos de nuevo con un hueco doloroso: Sócrates, el sabio  más significativo y quizás más importante de Grecia;  tenemos que buscarlo en los fragmentos de otros autores, sobre todo de Platón y Jenofonte. Un libro  que  recopilase de manera clara los testimonios más valiosos  sobre la vida y doctrina de Sócrates sería una auténtica dicha. Los filólogos no se atreven a emprender ese  trabajo que de hecho sería muy delicado.  En  nuestra  biblioteca  no  incluyo  a  los  verdaderos  filósofos.  En  cambio Aristófanes  es  imprescindible,  sus  comedias  inician  dignamente  la  gran  serie  de humoristas europeos. También acogemos al menos uno o dos volúmenes de Plutarco, el  maestro  de  la  biografía  heroica.  Luciano,  el  maestro  de  las  fábulas  satíricas, tampoco debe faltar. Nos falta aún algo importante: un libro que narre las historias de los  dioses  y  héroes  griegos.  Los  libros  populares  existentes  de  las  mitologías  son insuficientes. A falta de otra obra recurrimos a las «Sagen des klassischen Altertums» («Leyendas  de  la  Antigüedad  clásica»)  de  Gustav  Schwab,  que  describen  correctamente la mayoría de los mitos más bonitos. En nuestro tiempo Schwab ha hallado por cierto un seguidor importante: Albrecht Schäffer ha iniciado un libro de leyendas griegas cuya primera parte ha aparecido y promete mucho".
Hermann Hesse, Escritos sobre literatura, Vol. I, Madrid, Alianza Editorial, 1983, pág. 188.